las dos orillas

José Joaquín León

La Navidad recuperada

NO ha quedado muy claro si se ha recuperado la Navidad sevillana, el centro de Sevilla, o la Sevilla perdida mismamente. Lo que sí ha quedado muy claro es que ha sido el primer éxito de Juan Ignacio Zoido como alcalde, la primera gran diferencia con el régimen anterior del solsticio de invierno y las mariscadas. Pues lo de la Copa Davis, que se le elogió, fue un evento bonito mientras duró, y esto era una prueba con la realidad.

A un alcalde lo eligen para que revitalice su ciudad, no para recortar. Un ejemplo es que si Alberto Ruiz-Gallardón ha llegado a ministro, si ha sido el mejor alcalde de Madrid, sin necesidad de escribir bandos como Tierno, es porque ha engrandecido su ciudad. En el tiempo que aquí se discutía sobre si la línea 3 o la línea 2 del Metro, sin empezar una ni otra, en Madrid el alcalde Gallardón les abría cuatro estaciones, como un Vivaldi de las obras públicas.

Así se deja una ciudad que no la conoce ni la madre que la parió, aunque la cuenta la pague Ana Botella, que venía detrás. Aquí también la han dejado que no la conoce ni la madre que la parió. Por eso, era bonito ver, bajo las Setas de la Encarnación, a los niños montados en los camellos y a los padres comprando queso de Cabrales, chorizo extremeño, empanada gallega, artesanía egipcia o incienso de Bangalore, en esos tenderetes bajo el mirador. Mientras, un poco más allá, en la Anunciación, ese templo donde cabe todo, se podía ver el belén de El Valle, con el esbirro de la Coronación de Espinas transformado en productivo labriego, entre otras cosas que no digo para no revelar esos misterios.

La Encarnación, con la plaza-plaza ya abierta, que fue lo mejor del legado anterior, por fin, y el pescado por las nubes. La Encarnación como en otros tiempos, aunque con eso. La Encarnación en plan más cateto si se quiere, a pesar de la finura alemana cobrada a precio de oro. Ocurre que aquel lugar siempre ha tenido ese aire provinciano, de los que venían de los barrios y los pueblos a comprar por Puente y Pellón, Lineros y Córdoba, aunque ya no esté abierto Vilima. Una Encarnación que es como es, no como cuatro notas musicales se la habían imaginado.

Hemos tenido este año lo que Antonio Burgos ha denominado, con mucho acierto, la bulla sin. O sea, la bulla sin pasos. Bullazos que te encontrabas por Tetuán, no para ver el misterio de San Gonzalo revirando delante del Massimo Duttihacia la Campana, sino para comprar cualquier cosa en el Stradivarius, el Mango, o donde fuera de lo que hay por allí; o para mirar y remirar, más bien.

Se ha demostrado que al centro se podía llegar. Y por eso, la gente contemplaba la proyección en la plaza de San Francisco, sin palcos, y como incrédula. Sí, la Navidad era eso, más o menos.

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