Opinión

Manuel Barea

Niños en el tiempo

EL protagonista de Los perros negros, de Ian McEwan, dice: "Cuidar niños es una forma de cuidar de uno mismo". Entonces, hay padres suicidas. Su holgazanería kamikaze acaba con ellos, con la ausencia del retoño que no supieron cuidar convertida en cruel agonía hasta el fin de sus vidas. Es verdad que hay raptos de niños que no podría evitar ni la escolta del primer ministro israelí, pero esto es excepcional. Si se hace un conteo de los casos de niños secuestrados -dando por hecho, como se da en nuestra sociedad, que toda desaparición es fruto de un secuestro-, se comprueba que la mayoría lo fueron porque los autores actuaron tras observar, y concluir, que su felonía no iba a revestir grandes dificultades.

Pero no hablo tanto de desaparición como de pérdida. Un hijo desaparece cuando el médico firma y sella el acta de defunción, como si la certeza de la muerte no fuera suficiente y precisara de una rúbrica administrativa. Una pérdida es otra cosa. Es verdad que al igual que el que muere, un hijo perdido no crece, no se hace adulto, no nos acompaña en el declive, no nos trae a sus hijos, y siempre será un niño que se perdió un mal día (aunque lleguen a ancianas en las antípodas, Madeleine, Amy y Mari Luz jamás dejarán de ser niñas en el imaginario colectivo). Pero al no saber si ha muerto, el horror sigue vigente, es cotidiano, y los padres sufren en el calendario el ansia de una tragedia inacabable. La muerte, y con ella la desaparición total, irreparable e incuestionable -Absoluta con mayúscula-, nos deja sumidos en la melancolía, pero la pérdida de un hijo vivo envía a esos padres desasosegados a la condena perpetua de asomarse cada noche a un pozo sin fondo que les devuelve el nombre de su criatura con un eco cavernoso.

En otro libro -del que he tomado el título para el artículo-, McEwan trata la pérdida de un hijo. El personaje principal, Stephen Lewis, no es un arrabalero, ni su niñita es el quinto ni el sexto número de una prole impensada y malnutrida. Él es un joven instalado en el sistema, un reputado autor de libros infantiles que, además, colabora con la Administración Thatcher en un plan para la educación de los niños. Y una mañana aciaga su hija se esfuma en el tráfago de un supermercado.

No hay un perfil común de los padres que pierden a sus hijos, fíjense en ellos: los McCann, los de Amy, los de Mari Luz no se parecen en nada. Hay padres que pierden a sus hijos en zonas residenciales valladas y en poblados de chabolas levantadas sobre sentinas. Su vida social, su nivel de cultura, sus barrios, sus amistades, sus profesiones y sus creencias, pero sobre todo su comportamiento y su actitud ante la vida y cómo transmiten eso a sus hijos les hacen diferentes. Y sin embargo se da una coincidencia en todos ellos: un agujero negro de dimensiones cósmicas se apodera de su existencia cuando tiene lugar la pérdida.

Y ante tamaña desgracia, brota la solidaridad, precaria y frágil como quien la ejecuta: la gente. Una solidaridad accionada más por el morbo que por el dolor, más por las ganas de formar parte del espectáculo que por el afán de ser útil a un desenlace (feliz o no) de los hechos. Una solidaridad que deviene en la paranoia alimentada en la barra del bar y en el sensacionalismo mediático, empachándose la una del otro cuando la primera exagera lo que lee, ve y oye en los medios y el segundo ofrece a esas exageraciones el valor de una noticia. Es así, entre el negocio de la audiencia y la atracción del "yo estaba allí, yo lo vi", como se descubre en cada esquina a un vampiro de Düsserdolf, y también a extranjeros secuestradores de niños, a traficantes de órganos frescos, a oscuros peredastas, a psicópatas sedientos, e incluso, si se ponen a ello en cualquier tertulia, ya sea a golpe de talonario bajo los focos de un plató o espontánea en una tasca de barriada, a Michael Jackson con Madeleine, Amy y Mari Luz cogidas de la mano.

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