Un día en la vida

manuel Barea /

Noche en el bus

DE regreso a casa. Solo con el conductor hasta que en la parada antes del puente suben una mujer y un joven calvo que parecen madre e hijo no sólo por su aspecto sino por cómo hablan lo que hablan. El bus circula a la velocidad de un coche fúnebre. La megafonía de las paradas es mucho más rápida y la voz femenina metálica anuncia una de mucho más adelante. La mujer y el joven calvo -¿Y si no son madre e hijo? ¿Y si son una de esas extrañas parejas, como la de Harold y Maude, que se forman por algún motivo que a los demás se nos escapa o que no entendemos y que rechazamos?- discuten al acercarnos a una parada en la que parece que van a bajarse, y el hombre y la vieja defienden cada uno su opinión sin dar opción al otro en una bronca que no sé cómo acabará en esta última ruta del bus. ¿Acertarán con la parada o se equivocarán y tendrán que desandar una parte del recorrido o caminar hacia delante un buen tramo en plena noche por haberse bajado donde no les correspondía? La megafonía no les ayuda, da una información errónea, las paradas no son las que dice la voz pregrabada, aunque ninguno de los dos repara en ella, emperrado cada uno en defender su opinión como si fuera su trinchera, obcecado en que él y no el otro sabe cuándo hay que pulsar el botón del luminoso PARADA SOLICITADA encima del conductor (una especie de androide). La mujer dice que es una, el tipo calvo -su hijo talludo o amante gerontófilo- asegura que es otra.

Yo nunca me subí en un bus con mi madre. No le gustaban. Y en realidad yo no necesitaba ir a ninguna parte de mi ciudad en bus, no hacía falta, o a mí no me parecía tan grande entonces como para tener que cogerlo, aunque había gente que lo hacía, la que vivía en el extrarradio. Las veces que yo iba a esas zonas de la ciudad lo hacía andando, y en cuanto cumplí los 16 años tuve una moto y ya iba en ella a todos los sitios, incluidos los arrabales en los que sólo entraba a pillar. Pensaba que los autobuses, además de servirle a la gente que creía vivir lejos, eran para los viejos, los vagos, los gordos, los enfermos, y yo en mi ciudad, a esa edad, no estaba en ninguna de esas categorías, y cuando pasaba por delante de una parada no me gustaba la gente que veía aguardando haciendo cola, me parecían todos muy extraños, como si tuvieran problemas, intenciones y secretos -su vida, en fin- con los que yo no quería tener nada que ver. Ahora cojo el bus algunas veces. Y no vivo lejos, pero soy más viejo, más vago y más gordo, y seguro que ya estoy algo más enfermo que entonces. Debe ser la edad.

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