Cuchillo sin filo

Francisco Correal

Palabra de Nobel

TRES palabras. Es lo único que he leído del último premio Nobel de Literatura Jean-Marie Le Clèzio. Tres palabras leídas en la solapa de un libro: "Una obra excelente". Es el juicio que a este escritor francés de las Islas Mauricio le merece la obra Suite Francesa, de Irène Nemirowsky. Excelente y conmovedora. Me resulta banal confesar que terminé de leer el libro en un viaje en tren de Málaga a Sevilla, el medio de transporte en el que la autora fue desplazada junto a cientos de ciudadanos judíos desde el campo de concentración francés de Pithiviers hasta el alemán de Auschwitz donde murió. Su último mensaje a su marido y sus dos hijas lo transmitió un gendarme francés en julio de 1942: "Si podéis enviarme alguna cosa, creo que mi segundo par de gafas se quedó en la otra maleta. Libros, por favor. Y, si puede ser, también un poco de mantequilla salada. ¡Hasta pronto, amor mío!".

En la segunda de las dos novelas que componen esta Suite Francesa, los alemanes que han ocupado Francia celebran una fiesta musical y gastronómica interrumpida bruscamente cuando la radio informa de la declaración de la guerra contra Rusia. Esos soldados emprenden la marcha a Rusia a lomos de caballos requisados a sus obligados anfitriones. El envés del viaje biográfico de la propia Irène Nemirowsky, que abandonó su Kiev natal, en la actual Ucrania, huyendo de los bolcheviques, de los enemigos a los que van a combatir los alemanes de su novela, los que en la vida real la llevarán a ella -y después a su marido- a ese Gólgota de la vejación universal.

La primera de las dos novelas, Tempestad en junio, retrata la evacuación de París ante la inminencia de la llegada alemana; la segunda, Dolce, es un fresco rural. En el secretismo de la historia de amor entre Lucile y Bruno, la francesa cuyo marido es prisionero de los alemanes y el soldado amante de la buena música que se instala en su casa, hay un lirismo de Los pazos de Ulloa. Libros trabados de comprensión hacia el ser humano. Biógrafa de Chejov, apasionada de Balzac, la autora exhibe el coraje moral de no renunciar jamás a lo más inalienable, que no pertenece a ningún país, a ninguna clase social, a ninguna ideología. A lo mejor, quizás, al joven soldado alemán que se va a pelear a Rusia y deja a su francesa campestre con el corazón destrozado, sin más consuelo que la compañía de una suegra que es una Mariana Pineda de las hermanas Gilda. Su ausencia de rencor es literaria: nace del respeto a los lectores. Un ejemplo para esos escritores tan nuestros que siguen en su Brunete de rigodón, anclados en el rencor, huyendo no de los nazis o los bolcheviques, sino de unos fantasmas que ellos mismos se inventaron en una derivación patológica de sus ficciones.

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