La tribuna

Antonio Montero Alcaide

Paternidad profesional

SANCIONA el Diccionario, porque bien claro es su uso común, que dar un braguetazo consiste en casarse el hombre por interés con una mujer rica. No será cuestión de entrar en asuntos de sexo, esos que a menudo se confunden con el género gramatical, para buscar un equivalente al modo de dar el calzonazo, que ya se sabe cómo también sanciona el uso, aunque no el Diccionario, a un calzonazos. Por si acaso lo del sexo despista, convendrá anunciar que denota la condición orgánica, biológica, ya masculina o femenina, de los seres vivos, antes que el placer venéreo del deleite sexual; y que el género, gramaticalmente, alude a la forma masculina, femenina o neutra que adoptan los sustantivos y algunos pronombres, no los seres.

Pero estas disquisiciones tienen poco sentido, o pueden despistar si de lo que se trata es de la paternidad profesional. Entremos en materia volviendo al principio: dar el braguetazo, como amañar enlaces de conveniencia, era una manera algo pretérita -sin descartar que siga siéndolo- de asegurar el porvenir de los vástagos, cuando no de alterar un sistema casi estamental de clases donde se permitían pocas excepciones a lo Cenicienta. Pero en esta posmodernidad controvertida, el ejercicio profesional de la paternidad tiene otras claves y no pocos riesgos.

Para empezar, antes que las criaturas -otro término que ha concitado interés cuando se busca el poco recomendable atajo del eufemismo- vienen al mundo y en sus primeros años de vida muchos progenitores ya se empeñan en la estimulación temprana, de tal guisa que puedan adelantarse destrezas y capacidades con la perspectiva de que los niños se valgan mejor y destaquen ya en ese tiempo preescolar. Algo parecido a una hiperestimulación para que adquieran lenguajes de signos, habilidades matemáticas, conocimiento de otras lenguas o inicio en el manejo de instrumentos musicales. Y este bagaje les permitirá ser más competitivos -he ahí una clave importante- e incluso superar las carencias formativas de sus padres.

No queda lejos, además, el ejercicio profesional de la paternidad de una forma, planificada y sistemática, de inversión, por la que algunos padres casi adoptan las funciones de un mánager o representante. Esto puede apreciarse en el ámbito del deporte, pero el modo es más sofisticado y a propósito cuando, desde la infancia, criar a los hijos, dirigir y orientar de alguna manera sus vidas, se asume con el carácter de una inversión de futuro y, en los casos más extremos, hasta de negocio. Importa matizar, en este caso, que dedicar recursos a la educación de los hijos es una circunstancia tan indudable como necesaria, pero sí se ponen en cuestión los modos y las razones últimas de hacerlo.

En tal sentido, algunos elementos del análisis social deben considerarse por su influencia. Por ejemplo, la cada vez más tardía paternidad o maternidad, después de años de incorporación al mundo del trabajo y al ejercicio profesional donde imperan lógicas tanto de capacitación como de competitividad, que socializan no sólo profesional, sino también personalmente. El incremento desmedido de las actividades extraescolares, la ocupación completa de la jornada de los niños, las limitaciones inadecuadas para la elección de los amigos y otras maneras de proceder son indicadores, cuando se agudizan, de esa profesionalización de la paternidad que está reñida, o entra en contradicción, con el apoyo, que no el empuje, y con los intereses propios de los hijos.

En este rumbo de la también conocida como hiperpaternidad salen al paso otras encrucijadas: la de proyectar aspiraciones personales en los hijos, la de exhibir con orgullo sus logros, e incluso la de caer en la sobreprotección, para que tengan pocos obstáculos en la desenfrenada carrera hacia la excelencia. Todavía más, invertir en la formación de los hijos, cuando no se hace de manera razonable, puede ser una forma camuflada de descargar la conciencia, de sustituir la escasa atención y el tiempo que se les presta, incluso de delegar en otras instancias las responsabilidades que son propias de la paternidad natural, que no profesional. Porque pocos espacios pueden sustituir el de las interacciones familiares, el del crecimiento amoldado a las disposiciones y necesidades, el del apoyo decidido a los intereses que se expresan y no se imponen, el de los argumentos que convencen en lugar de las decisiones que casi se ordenan, el del desenvolvimiento de los padres consonante con las etapas y el crecimiento de los hijos.

En definitiva, que, puestos a invertir, es necesario dedicar bastantes más recursos para aprender a ser padres: y el tiempo con los hijos, aunque se olvida, es uno de ellos. Además de la paternidad profesionalizada hay que temer los nefastos efectos de la frustración e incluso del victimismo: "Con todo lo que hacemos por nuestro hijo y hay que ver cómo se comporta". Que nada hay más feo, así se sanciona también por el uso, que pegarle a un padre… o denunciarlo en el juzgado.

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