Cuchillo sin filo

Francisco Correal

Pensilvania-Bobadilla

CUANDO Ian Gibson llega a Granada por primera vez en 1965 para preparar su tesis sobre la primera etapa literaria de Federico García Lorca, Antonio Muñoz Molina era un zagal de nueve años que iba al colegio mientras su padre despachaba frutas y verduras en el mercado municipal de Úbeda. Sus vidas se han cruzado en mi último tránsito ferroviario. La estación de tren de Pensilvania es el primer escenario de la novela de Muñoz Molina La noche de los tiempos. 958 páginas después, la acabé justo cuando el tren Málaga-Sevilla hacía su parada en la estación Bobadilla-Antequera.

El billete lo saqué dos días antes en la estación de Santa Justa. Poco después de tener un pensamiento irlandés, la coincidencia en 1904 de la fecha impresa en el anuncio de la Cruzcampo y de la acción del Ulises de Joyce, un cliente pedía a mi lado una cerveza a una hora intempestiva para cualquiera menos para un irlandés. Era Ian Gibson. Lo saludé. Fue concejal de un pueblo granadino, pero ahora vive en Lavapiés. Le recordé que durante una guardia de la mili en un cuartel del paseo de la Castellana leí su libro Granada, 1936. El asesinato de García Lorca. He encontrado la dedicatoria del hispanista al recluta. "Con un fraternal abrazo de su nuevo amigo. Ian Gibson. 21 de abril de 1979. ¡Mi 40 aniversario!". Un cliente de la cafetería lo reconoció. "El otro día lo vi con Cervantes". "Amigo mío, con los restos de Lorca ya tengo bastante", bromeó el irlandés a quien se refería a la entrevista televisiva que le había hecho en Giralda Televisión el periodista Cristóbal Cervantes.

La vida de Muñoz Molina también ha transcurrido entre Granada, Madrid y Nueva York, topónimos esenciales en la trayectoria vital y artística de García Lorca, figurante de una novela en la que junto al protagonista, el arquitecto Ignacio Abel, tienen una relevancia ética el poeta José Moreno Villa y el doctor Juan Negrín, el ministro que confiaba más en la leche pasteurizada y el aceite de hígado de bacalao que en la hoz y el martillo o en la verborrea.

Una historia de amor en plena Guerra Civil. Nadie ha dicho en la literatura española las verdades como puños que se dicen en la novela de Muñoz Molina, que debería ser de lectura obligada en ministerios y gabinetes de campañas electorales. Un antídoto contra sectarios y demagogos. La guerra, dice el autor, que los rebeldes merecieron perder; y que quienes la perdieron nunca merecieron ganar. Granada, Madrid, Nueva York. De Lorca a Cervantes, haciendo bueno el equívoco de la cafetería. Muñoz Molina lo debió pasar mal en la mili, a juzgar por lo que contó en Ardor guerrero. No me lo imagino vestido de caqui leyendo en una guardia a Ian Gibson.

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