La ciudad y los días

Carlos Colón

Postal para Antonio Murciano

EL sol se alza sobre la torre de San Pedro, al filo de una de las proas blancas con que Arcos de la Frontera hiende los siglos sin que el tiempo parezca tocarla más que para dejarle columnas romanas en las esquinas de las casas, la laberíntica blancura de los árabes, las nervaduras góticas de una capilla, los arbotantes que vuelan sobre el Callejón de las Monjas, el esplendor renacentista de la piedra vencida por las artes de Diego de Riaño y Hernán Ruiz o la sobria gracia decimonónica de casas pudorosamente introvertidas que guardan en sus estancias bajas, en estantes curvados por el peso de los años y los libros, bibliotecas de poetas y eruditos. El caserío, aún en sombra blanco azulada, se arrebuja en torno a la parroquia que lo protege con la misma determinación con que desafía, alzándose al borde de la alta cortadura, a quien ponga en duda que ésta tierra fue frontera de la cristiandad. Suena solemne la campana sochantre de Santa María.

En el mundo de abajo flotan inmóviles jirones de bruma sobre el verde y ondulado paisaje vasallo de la ciudad blanca que lo domina. Por una estrecha carretera pasa un camión traqueteante dejando una densa estela de polvo que se deshace despacio, como algodón dorado, en la rasante luz naciente. En torno a la carretera hay naranjales haciendo la instrucción, aguas tan chicas y quietas -como espejitos de bolso de señora- que deberían tener orillas de aserrín y casas como de corcho pintado de blanco junto a las que crecen una o dos palmeras de nacimiento. Hace frío. Huele a pan, a leña y a blanco.

Cantan por turno los gallos. Vuelan abejas madrugadoras en torno a un jazmín grande, tupido, de troncos retorcidos y flores que parecen salpicaduras de cal sobre viejo verde oscuro. Despiertan los ruidos de la vida, pero no pueden vencer al silencio. Es lo bueno de estos sitios sabios: el silencio no es sólo ausencia, sino presencia; no es un vacío manso que sólo se atreve a salir cuando todo calla, sino que es capaz de acallar. Un silencio beligerante por así decir, que no aguarda que su enemigo se retire para posarse sobre las cosas, sino que le sale al encuentro, le planta cara y le vence. Sólo una ciudad alzada sobre la calma de los siglos, la fidelidad de las piedras y la perseverancia de los campos puede crear estos silencios guerreros y sabios.

Triunfa el sol sobre Arcos de la Frontera sacándole todos sus blancos. Bajo despacio sus cuestas, camino de casa de Antonio Murciano, tan de Arcos que le escribió a su mujer, en Canción para tu silencio, estos dos versos conmovedores: "En tu silencio creo / por tu silencio vivo".

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