Visto y Oído

Antonio / Sempere

Premio

EL Hormiguero acaba de ganar el Premio Nacional de Televisión, que otorga el Ministerio de Cultura, dotado con 30.000 euros. Este premio nacional es un galardón reciente. Hasta hace poco, como recordarán, había Premio Nacional de Cinematografía, de Arquitectura y de otras artes, incluso Premio Nacional de Circo. En los últimos tiempos del ministro Wert, algunos de los galardonados se negaron a recogerlo, por coherencia con su ideología. Fue célebre el caso de la fotógrafa Colita, que renunció a los 30.000 euros a pesar de que quienes viven de estos oficios creativos suelen estar más limpios que una patena.

La cuestión es que desde 2009, ya era hora, la Televisión, con mayúsculas, también tiene su premio nacional. Y nadie ha discutido hasta ahora a sus receptores, desde Narciso Ibáñez Serrador hasta Jesús Hermida, Concha García Campoy, José Luis Balbín, o las series Cuéntame cómo pasó o Isabel.

El hecho de que el primer formato de plató, el primer programa propiamente dicho que va a recibir este galardón sea El Hormiguero nos parece bastante desacertado. No tengo nada en contra de Pablo Motos, y mucho de Jorge Salvador, verdadero precursor de los nuevos lenguajes televisivos del siglo XXI. Pero no creo que El Hormiguero, por lo que significó y por lo que sigue significando, deba ser reconocido. Puesto como ejemplo de nada. Más bien al contrario. El programa de Moto ha logrado la cuestionable hazaña de que, para promocionarse, quien haya hecho una película, escrito un libro o tenga en cartel una obra de teatro deba pasar por el aro. Ya que otros años los premios fueron póstumos, por qué no premiar a Lo + plus, verdadero precursor. Incluso a El Intermedio o el Late Motiv (Andreu Buenafuente), ambos espacios en antena. No creo que hayan estado acertados Manuel Campo Vidal ni el resto del jurado en esta ocasión.

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