La montera

Mariló Montero

Presidentas de presidentes

EL impacto social que suscita la proclamación de una jefa de Estado puede llegar a invertirse si de quien recibe el bastón de mando resulta ser su propio marido. Aunque en ambos casos las mujeres hayan logrado el triunfo por el favor de las urnas, tal vez la autoridad política se vea afectada por dicha condición.

Las circunstancias vividas durante el cambio de Gobierno argentino, en el que el retrato de la cesión de la nueva jefatura del Estado ha sido protagonizado por un matrimonio, podrían hacer perder solidez en la autoridad de la flamante líder al enmarcarse en el passe-partout de la intimidad. La fotografía preferida por los periódicos nacionales del relevo en el Gobierno argentino ha sido justo la que retrata el momento en que Néstor Kirchner cede el bastón de mando a su esposa Cristina Fernández y en la que se vislumbra cierta coloquialidad digna de análisis. La imagen revela que el bastón de mando es sostenido por las manos de ambos presidentes y cónyuges: el entrante y el saliente, mujer y marido. Tres manos lo sujetan: una de Kirchner y dos de Fernández, con el significado concluyente de un estudiado intercambio de luces y sombras. Quien estuvo a la sombra pasa a la luz y el que estuvo alumbrado es ubicado, ahora, en una estratégica sombra que le permite el ejercicio sigiloso del poder. Queda plasmada una política continuista, ratificada con el mantenimiento de seis de los ministros del anterior Ejecutivo. Es, sin duda, un hecho sin precedentes en la historia de la política argentina, y supongo que mundial, que una mujer llegue al cargo de presidenta de su país de la mano de su marido.

Sería ésta, precisamente, la diferencia entre Fernández y Hillary Clinton, la cual, de ganar las elecciones americanas con su proyecto político y con gran empeño personal, su marido y ex presidente estaría cerca de su esposa, aunque sería otro quien la invistiera. Es simbólico que Hillary mantenga el apellido de su marido, como es costumbre en el mundo anglosajón, y Cristina reniegue de ser llamada "de Kirchner". Estos casos no son comparables con el nombramiento de la presidenta alemana, Angela Merkel, pues su lucha estaba basada en la política y en su condición femenina, pero su investidura fue de ella y de nadie más. Nadie duda ahora de su poder y proyecto.

Nos deberemos acostumbrar a estas heredades, que no ayudan a la credibilidad de quien se va y quien llega.

A la toma de posesión de la nueva presidenta argentina no asistieron, por ser críticos con su proyecto político, ningún ex presidente del país: ni Alfonsín, ni Menem, Fernando de la Rúa o Eduardo Duhalde. Quizá Kirchner debería haber visto la toma de posesión desde su casa y haber dejado sola a su mujer en favor de la nueva autoridad y de un pueblo desacostumbrado a tanta familiaridad en los relevos presidenciales. Pero, claro, era él quien tenía que hacer el traspaso de poderes.

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