Alto y claro

José Antonio Carrizosa

Sede vacante

EL Ayuntamiento de Sevilla transmite una imagen de sede vacante, de que nadie está realmente al mando de la nave, muy preocupante a año y medio de las elecciones locales. Es, además, enormemente perjudicial para las expectativas de quienes ahora tienen el gobierno de la ciudad en sus manos y a los que se les supone el deseo de conservarlo durante los próximos años. No es una imagen fabricada por los medios de comunicación ni que responda a una campaña orquestada desde la oposición. Es una imagen que se está trabajando día a día el equipo de Alfredo Sánchez Monteseirín gracias a la práctica desaparición de alcalde de los actos en los que se supone que debería estar y a una inacción de gestión como si se estuviera ya pensando en recoger los papeles. La más que llamativa ausencia de alcalde en la agenda de la ciudad responde al deseo de placear al favorito de Monteseirín, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, para que la opinión pública lo conozca. Pero la estrategia no está saliendo según el diseño previsto y puede terminar volviéndose en contra de sus impulsores.

Partamos de una constatación que cada día se hace más evidente: el alcalde está por irse, no quiere tardar mucho en hacerlo y pretende controlar el proceso sucesorio. Otra cosa es que pueda cumplir estos tres objetivos o, por los menos, alguno de ellos en los plazos que pretende. Alfredo Sánchez Monteseirín se ha trazado un plan que pasa por dejar la Alcaldía en manos de su candidato con tiempo suficiente para que pueda hacer una campaña efectiva. Es un plan al que el presidente de la Junta no se opone. Otra cosa es que el partido vaya a pasar por ahí -a lo que no está dispuesto- o que las circunstancias políticas aconsejen otra vía cuando haya que tomar la decisión final. Si Monteseirín se tiene que quedar, se quedará. No va a poner a la organización ante una situación de hechos consumados. Pero se quedará a desgana y con perfil bajo. Van a ser, una vez más, las encuestas que se hagan en los próximos meses las que finalmente determinen las decisiones a tomar. Pero, mientras todo esto ocurre, la percepción que está recibiendo el ciudadano es que el gobierno de su ciudad está ausente. Señal inequívoca de que las cosas se están haciendo mal. Rematadamente mal.

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