La ciudad y los días

Carlos Colón

Señora de la sabiduría

CUANDO en una de estas tardes de novena y abanicos le cantaban a la Virgen de los Reyes el Santa María, estrella del día de Alfonso X, el rey sabio que descansa junto a su padre santo en la Capilla Real, volaban los siglos por las bóvedas de la catedral como los murciélagos despistados y somnolientos despertados por los cánticos y las luces. Era 1248 cuando Fernando III trajo la Virgen de los Reyes a Sevilla, cediéndole el lugar de honor que él debía ocupar en la comitiva triunfal que entró en la ciudad reconquistada para Dios, Castilla y la Europa del esplendor gótico. Era 1284 cuando expiraba en el Alcázar, junto a la antigua mezquita en la que recibía culto la Virgen de los Reyes, Alfonso X, el rey que por amor a la Virgen quiso hacerse trovador: "Quero seer oy mais seu trobador, e rogolle que me queira por seu trobador e que queira meu trobar reçeber". Era 1519 cuando se terminó el gigantesco crucero gótico bajo cuyas nervaduras se han ido desarrollando estos cultos que hoy culminan. Era 1568 cuando se labró el joyero renacentista que guarda a la Patrona de Sevilla. Era 1690 cuando se dio sepultura de plata a Fernando III a los pies de la Virgen que donó a Sevilla. Era 1904 cuando, primera que en Andalucía recibió este honor, se coronó. Era 1924 cuando Juan Talavera diseñó su paso, uniendo con gracia el gótico y el regionalismo como en la propia plaza que lleva el nombre de la Virgen se hacía por esos años. Y corresponden a 2010 la novena que ayer terminó, las misas de la madrugada asuncionista y la procesión que han congregado a miles de sevillanos.

Así van pasando los siglos a los pies de la Virgen de los Reyes, desde el XIII al XXI, como pasan nuestras vidas ante Ella, desde que de niños nos traían a verla en esta mañana azul y nardo hasta que trajimos a los nuestros que hoy son ya hombres. Se remansa aquí, sin detenerse, el tiempo. No deja de fluir, porque la grandeza de esta devoción es ser la más antigua de Sevilla que sigue hoy viva, pero lo hace sin angustia ni sensación de pérdida, con la serenidad que otorga la sabiduría que cantan los Proverbios: "Mío es el consejo y la prudencia, yo soy la inteligencia, el poder es mío. Por mí reinan los reyes, y los gobernantes decretan justicia… Mi fruto es mejor que el oro y mi ganancia, mejor que la plata… Porque el que me halla, halla la vida, y alcanza el favor del Señor. Pero el que peca contra mí, a sí mismo se daña; todos los que me odian, aman la muerte". Estas palabras, escritas hace tres mil años por Salomón, es la inmutable verdad que está esculpida en el rostro de la Virgen de los Reyes.

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