La ciudad y los días

Carlos Colón

La Sevilla de Laurent

LAS imágenes de Laurent -escribe Javier Rodríguez Barberán en el catálogo- nos convierten a los sevillanos de hoy en espectadores privilegiados de una realidad lejana en el tiempo pero al mismo tiempo cercana a nosotros, por compartir el espacio de una ciudad que transitamos cada día". Es cierto. Al visitar la exposición Sevilla artística y monumental. Fotografías de J. Laurent, 1857-1880 (Reales Alcázares, hasta el 17 de agosto) somos hasta tal punto espectadores privilegiados de dos realidades a la vez cercanas y lejanas que de ello nacen dos desasosiegos. Uno es el del reconocimiento de una ciudad que, de haberse modernizado racionalmente, es decir, conservando lo mucho digno de conservarse, construyendo lo nuevo con el respeto debido al pasado de Sevilla y al presente de la arquitectura, higienizándola sin despojarla de su historia como a los niños que se rapaban para despiojarlos, sería hoy una de las más singulares y hermosas de Europa.

El otro desasosiego nace de la muda presencia de unos seres que dan a las fotografías lo que Rodríguez Barberán llama "ese toque fantasmagórico que surge de la ausencia de vida": el vértigo de contemplar unos personajes a los que la crudeza de la primitiva exposición fotográfica llenó de la muerte que entonces les aguardaba y hoy les posee. Del hombre del bastón ante el Ayuntamiento, del joven que se apoya con indolencia en la Puerta del Perdón, de la multitud que llena la plaza de San Francisco una mañana de Corpus de 1880, ¿qué se hizo? Lo mismo que de quien los fotografió: en el catálogo se nos muestra la lápida rota de la tumba de Laurent, hoy olvidada en el cementerio de la Almudena.

Morir sin dejar huella perdurable es nuestro destino, no el de las ciudades. La Plaza Nueva debería ser hoy la que se ve en la foto, no el mamarracho de bloques que es; el mercado de puestos entoldados ante Omnium Sanctorum podría existir hoy, como existen bajo sus parasoles los mercados de Campo dei Fiori en Roma o la Avenue Kléber en París; la llana silueta de la ciudad debería ser hoy la que se ve en la Vista panorámica de la ciudad de Sevilla, no el superponerse de adefesios alzados en los últimos 50 años. Nosotros nacemos para morir, pero las ciudades viven, crecen y cambian, procurando perseverar en su ser, para hacer más humana y cómoda la vida de sus habitantes. Lo primero, la humanización, depende de su capacidad para convertir la historia en una memoria colectiva que se hace experiencia personal, íntima, en cada generación como un don que le permite vivir más vidas que la suya y más tiempos que el que le ha sido dado.

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