La tribuna

Juan Antonio Estrada

Símbolos cristianos y navidad

LA recuperación de los símbolos cristianos se ha convertido en un objetivo de algunos obispos para la Navidad. Se critica la ausencia de motivos religiosos en la ornamentación de las ciudades; la búsqueda de neutralidad respecto a una fiesta religiosa; y promover una estética relativista que encubre el vacío de sentido y la carencia de valores de nuestras sociedades neopaganas. Como respuesta a este diagnóstico, se alienta a adornar casas y balcones con símbolos cristianos, a ser más solidarios en tiempos de crisis económica y a recuperar prácticas y ritos espirituales.

No cabe duda de la pérdida del sentido de la Navidad, como ha ocurrido también con la Semana Santa y otras fiestas. El problema, sin embargo, va más allá de la ausencia de ornamentación religiosa. La ausencia de estos referentes públicos sería coherente con la desaparición de la sociedad de cristiandad y el surgimiento de una secularizada y laicizada. Podrían, sin embargo, mantenerse, en cuanto símbolos culturales, ya que la religión es también un código cultural que ha marcado a Europa. Podríamos hablar de una tradición que recibimos de nuestros padres y quisiéramos para nuestros hijos, que, lógicamente, se inspira en símbolos cristianos porque forman parte de nuestra historia.

No hace falta ser cristiano para encontrarse a gusto con una simbología religiosa que nos ha marcado desde la infancia y que remite a valores como la familia, las relaciones interpersonales o la solidaridad con los pobres, que no son patrimonio exclusivo del cristianismo. Además, no es fácil suplir símbolos del código cultural por otros y la carencia de referencias cristianas podría facilitar un vacío axiológico y de sentido, si no se suplen por otras que promuevan esos valores.

Pero la dinámica actual es también utilizar lo cristiano, degradando su intencionalidad, para ponerlo al servicio de contra-valores. Los cristianos conmemoran al mesías de los pobres, pero los establecimientos utilizan el belén y otros símbolos para exaltar el lujo y el consumo. Los pobres se sienten más pobres que nunca, cuando se celebra una fiesta, inicialmente religiosa, que es un derroche consumista. La solidaridad con los que lo pasan mal es lo más evangélico de las demandas de los obispos. Pero los símbolos cristianos se han deteriorado hace mucho tiempo, como le ocurrió a la cruz, símbolo de una víctima del poder político y religioso, que pasó a adornar las coronas de los reyes y a ser un emblema lujoso de los poderosos. Y la Iglesia no ha sido ajena a este proceso, porque se ha convertido, también, en un poder de este mundo.

Pablo VI se quejaba de la ornamentación de poder de los eclesiásticos ("El pueblo, lejos de admirarse, se maravilla y escandaliza si el obispo aparece revestido con soberbios distintivos anacrónicos de su dignidad"), en contraposición al papa Gregorio XVI, que, en el siglo XIX, exaltó la pompa, el honor y la pobreza "para impulsar a todos en la práctica de la virtud y en el deseo de la religión", siguiendo una tradición milenaria. Y es que la Iglesia ha traicionado también los valores evangélicos y, entonces, se transforma en una maquinaria de poder. Lo peor no es la corrupción de los símbolos cristianos, que revisten el poder eclesial y el político, sino una forma de vida ajena al proyecto de Jesús y a lo que ocasionó su muerte. La primera profanización de los símbolos cristianos vino del poder eclesiástico y político. Por eso, cuando la jerarquía critica la depravación de esos símbolos en la sociedad carece de credibilidad y de capacidad de interpelación, porque no se aplica a sí misma aquello de lo que acusa a los otros.

La Navidad es una fiesta de familia, en la que se recuerda que las relaciones personales son lo que más importa en la vida. Esto vale para todos los hombres "de buena voluntad", cristianos o no. Para los cristianos es, además, la fiesta del Enmanuel, Dios con los hombres, la del Dios encarnado que se ubica entre los pobres, las víctimas de la sociedad y los marginados por el poder político y religioso. Si se lo tomaran en serio cambiaría la ubicación social y la imagen de la Iglesia, que necesita convertirse al evangelio y tomar distancia de su existencia como poder de este mundo. Las lamentaciones sobre la profanización de la Navidad se vuelven contra la misma Iglesia, como un boomerang que la interpela y cuestiona.

Captar este mensaje y ser consecuente con él, es parte de lo que los cristianos entienden como el anuncio de la navidad, y, si me apuran, es lo que muchos no-cristianos esperarían de los que se presentan como discípulos del mesías de los pobres. Esto es, también, lo que habría que transmitir en la familia a los que, de una forma u otra, nos afirmamos como cristianos.

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