La tribuna

antonio Montero Alcaide

¿Sirve la repetición de curso?

COMO el título debe ser escueto, se apunta ahora el detalle del subtítulo, "Entre la superstición y la utopía". Para empezar, la dialéctica ante la repetición o no de curso, pareja a su grado de conveniencia, es constante en la teoría y la práctica pedagógicas. El sistema educativo español, cuya escolarización obligatoria comienza el año natural en que el alumno cumple seis años de edad y concluye el año en que alcanza los dieciséis, estima la posibilidad de repetir curso una vez durante la Educación Primaria, así como repetir el mismo curso una vez y dos repeticiones como máximo a lo largo de la Educación Secundaria Obligatoria (si no se ha repetido antes en esta etapa, el curso 4º puede repetirse dos veces).

Luego, verificadas todas estas posibilidades, los alumnos superarían la mayoría de edad, para concluir la escolaridad obligatoria con diecinueve años cumplidos en el año en que finalice el curso. Por tanto, primera clave: la repetición no es un recurso ilimitado y ha de resultar consonante con la edad cronológica del alumnado. Cuestión que es a la vez tan obvia como obviada en algunos posicionamientos.

Otro argumento para el análisis: la repetición es un problema casi endémico del sistema educativo español. Para cerciorarlo, basta considerar la tasa de idoneidad en la edad del alumnado: el porcentaje de alumnos que realiza el curso teórico correspondiente a su edad y que, por ello, no ha repetido. Con datos del Sistema Estatal de Indicadores de la Educación, de la edición de 2014, se constata que, en la década que transcurre del curso escolar 2001-2002 al 2011-2012, la tasa de idoneidad a los 15 años -el porcentaje de alumnado que comienza el último curso de la educación obligatoria sin haber repetido curso-, con ligeras oscilaciones en esa década, se mantiene en el 62%. Es decir, 4 de cada 10 alumnos del sistema educativo español han repetido curso. Y otros datos confirman la situación: en la última edición del Programa Internacional de Evaluación de Alumnos (PISA 2012), que se realiza a los alumnos con quince años de edad, sólo el 66% del alumnado español no había repetido curso (62% en Andalucía). Este porcentaje asciende al 84% en la OCDE y al 85% en la UE, casi 20 puntos. Luego España es diferente, valga el tópico, y no poco, en la repetición de curso por el alumnado.

Cuestión de más alcance son los efectos de la repetición, porque los resultados de PISA ponen de manifiesto la alta diferencia en el grado de adquisición de conocimientos y experiencias que separa a los alumnos repetidores de sus compañeros que no repiten. ¿Se está abogando, entonces, por la tan manida "promoción automática" o por "imperativo legal"? Pues no, sino que ha de estimarse una evidencia mayor: ni la promoción ni la no promoción, por sí mismas, pueden modificar el grado de aprendizaje del alumnado. Porque es esencial que tanto el alumnado que repite como el que promociona con algunos retrasos reciba atención adecuada. No escapará al entendimiento que si con un repetidor se mantiene -se repite también, vamos- el trabajo que no consiguió resultados antes, lejos queda la posible recuperación.

¿Parecen posmodernos estos razonamientos? Pues otra vez no, porque John I. Goodlad, destacado profesor e investigador en Norteamérica, fallecido el pasado noviembre, publicó un trabajo en España, allá por 1969, Un nuevo concepto de programa escolar, cuya lectura se hace bien contemporánea. De manera diáfana aconsejaba a los docentes cómo tomar las decisiones sobre la repetición o promoción: "Cuando él -se refiere al profesor- no pueda decir con convicción: "Conociendo a este niño como le conozco, las posibilidades de que tenga éxito en el próximo año y en los subsiguientes son mayores si se le retiene ahora", entonces es aconsejable que conceda al niño el beneficio de la duda y se le promociona". Asimismo, ofrecía un balance sostenido en la revisión de investigaciones: "La aparición de características no deseables y el progreso escolar insatisfactorio están más estrechamente asociados a los niños no promocionados que a los retardados promocionados". Pero debe quedar manifiesta la necesidad de facilitar respuestas educativas a las necesidades de tales alumnos y de evitar que las decisiones sobre la repetición se vinculen a circunstancias tan cuestionables como trasladar la tarea a los docentes de los cursos superiores o evitar la pérdida de grupos en la estructura del centro.

¿Dónde, entonces, la superstición y la utopía? Pues la primera tiene que ver con la creencia en que existe un alumno-medio en el que concentrar la atención. Y la utopía pareja no es otra que la de conseguir que la totalidad de los alumnos de un grupo se aproximen estrechamente en las distintas áreas de conocimiento y desarrollo. Ambas, al cabo, quedan periclitadas por la complejidad y la diversidad que anteponen problemas, pero sobre todo retos, a la enseñanza.

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