Fragmentos

Juan Ruesga Navarro

Sucedió en abril

SEVILLA en primavera. Sevilla en abril. Tópicos de siempre. Pero, como todos los tópicos, con un origen en la certeza, en la realidad. No sin motivo los poetas andaluces lo cantaron. Luis Cernuda, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, los hermanos Machado y muchos otros. Así, un año más, uno de los tópicos con más fundamento de Sevilla tiene plena razón de existir, y lo ponemos de manifiesto con cierta vanidad. "Abril florecía / frente a mi ventana", escribió Antonio Machado.

Una ciudad florecida. Con azahar en los naranjos, con arrayanes apretados y racimos de glicinias en las pérgolas del río, con clavellinas en balcones y azoteas. Dejando en el aire todos los aromas que definen nuestra primavera. Nuevos proyectos nos llevaron hace unos días a la vieja iglesia de Santa Lucía. Reunión de profesionales y alumnos, de amigos, alrededor de las artes escénicas, con el buen quehacer de las guardianas de la historia de los escenarios andaluces. Por cierto, que los archivos del teatro andaluz han ido de San Luis a Santa Lucía por Duque Cornejo, un trayecto corto para tan largo recorrido. Al finalizar el acto, nos sentamos en una de las pequeñas plazas de barrio, la Plaza del Pelícano, enmarcada de naranjos. Tapeo con amigos en sus veladores. Mediodía. Luz tamizada por nubes que desfilan deprisa buscando las sierras de Levante. Conversación y evocación. Suelo terrizo. Madres con niños. Una ciudad en calma. Una ciudad vieja y sin prisa. Nuestra conversación fue poco a poco pasando de los temas de más actualidad a viejos recuerdos y evocaciones. Parecíamos sacados de un relato de Ítalo Calvino. Si uno recordaba los viejos talleres industriales de los corralones del barrio, otra mencionaba los artistas que actualmente los ocupan. Algunos recordábamos los carros de la vieja fábrica de lejía de Los Tres Sietes salir y entrar por la plaza hasta las cuadras, al fondo del amplio callejón.

De repente me asaltó la infancia. Los almacenes de corcho de la familia Morell en el Pasaje Mallol. Los aperitivos familiares en la Pastora y noches de verano en el patio de Baturones. Las miradas infantiles fascinadas por los trabajos de los artesanos del vidrio candente en la fábrica de la Trinidad. Una Sevilla humilde y sencilla, de pocas diversiones, en la que los niños jugábamos en la calle a las bolas o a piola y dejábamos correr nuestra imaginación en los abarrotados escaparates del Bazar España y en las tardes del Cine Alcázar con vaqueros y piratas. Los paseos adolescentes, perdiéndonos por las callejuelas del barrio, Sol, Enladrillada, Marteles, Lira, hasta salir de nuevo a San Marcos y Santa Paula.

Nos faltó tiempo y un poco de más calor en la tarde para evocar ese aroma que "disuelto en el aire había flotado anónimo, bañando la tarde, hasta que el pregón lo delató, dándole voz y sonido, clavándolo en el pecho bien hondo, como una puñalada cuya cicatriz, el tiempo no podrá borrar", en las admirables palabras de Cernuda. Nos faltó tiempo para llegar a entrar en ese "Abril gracioso, Abril de espuma y nata," que cantaba Manuel Machado. Nos faltó la noche.

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