Editorial

Tomarse en serio el Parlamento

EL 21 de junio de 1982 se constituyó por primera vez en la historia el Parlamento andaluz, y ni cayó del cielo ni fue una institución otorgada. Fue el empeño político de cientos de miles de andaluces el que arrancó al entonces Gobierno de la UCD un instrumento de autogobierno que sólo estaba previsto para dos o tres comunidades autónomas. Sólo por esa razón, cualquiera de los parlamentarios que hoy forman parte de la Cámara andaluza debería ser consciente de que el escaño que ocupa merece un respeto. Y no sólo eso: detrás de cada uno de ellos hay miles de votantes que sólo sentirían sonrojo si asistieran a algunas de las sesiones que allí se representan. El Parlamento es el escenario de la confrontación de las ideas, el lugar donde la oposición cerca al Gobierno y donde el Ejecutivo defiende sus políticas, y allí cabe desde la crítica ácida hasta la ironía mordaz, el recurso retórico y el ardid dialéctico, el aplauso y el abucheo, pero igual que no debe ser una cámara donde procuradores silentes votan al compás de la autoridad, tampoco puede tomar una deriva ucraniana o, lo que incluso es peor, convertirse en un émulo de un campo de fútbol... de colegio. Lo sucedido esta semana en la Cámara autonómica andaluza da que pensar. Mientras que el presidente del Gobierno andaluz, José Antonio Griñán, y el líder del PP, Javier Arenas, suelen mantener debates, o encontronazos dialécticos, de cierto nivel, cuando llega el turno de sus correligionarios se baja al terreno de los insultos gratuitos y de las posiciones pueriles que revelan o una escasa altura para ocupar el puesto de representante o una frivolidad inasumible. El pasado jueves, el nuevo portavoz socialista, Mario Jiménez, se estrenó con una intervención vacía de contenido y repleta de descalificaciones, y el grupo parlamentario popular respondió con una táctica impostada que ya es repetitiva: levantarse y abandonar la Cámara. Es más, el PP ha anunciado que se marchará del Pleno siempre que el portavoz socialista pregunte al presidente, porque presupone que su intervención sólo servirá para insultar a su líder. Lo último que unos representantes deberían hacer es abandonar una Cámara para la que han sido elegidos. La Mesa del Parlamento debería saber cortar esta tendencia, así como otros abusos, como convertir a la Cámara andaluza es un escenario donde alcaldes y candidatos repiten sus cuitas municipales. Aunque sólo sea por respeto a la memoria colectiva. O por no hacer el ridículo.

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