la tribuna

Patricia Álvarez León

Tengo Tuenti, pero no respeto

PANCRACIO no entiende de internet ni de móviles ni mucho menos de redes sociales, pero la semana pasada su foto fue la más comentada y etiquetada de todo Tuenti. Más aún que las de Estíbaliz y Vanesa, sus propias alumnas, que difunden a la infinita comunidad cibernética, sin pudor ninguno, sus fotos en sujetador y en bragas. Pero eso no lo supimos hasta más tarde. Al principio, sólo había un rumor que corría disperso por la sala de profesores: que, al parecer, le habían sacado una foto a Pancracio mientras impartía su clase de matemáticas; que el viejo, aun con 60 años a sus espaldas, había escuchado, con el oído de la experiencia, el disparador de una máquina, justo en el momento de terminar de escribir el problema en la pizarra, pero que, al girarse, con actitud amenazante, no había notado nada extraño. Y la clase había continuado y finalizado como siempre.

Normal que el ingenuo de Pancracio no se enterara de nada. Seguramente, se olvidó de que, día tras día, el 95% del alumnado asiste a clase acompañado de su inseparable aparato telefónico. Con el permiso de sus padres, por supuesto. No vaya a ser que al niño le ocurra algo, porque claro, no está en un centro con profesionales que puedan avisar a casa o a las urgencias pertinentes… Ustedes me entienden. Y así la pareja móvil-alumno se sigue afianzando, una auténtica relación enfermiza de dependencia.

Se lo explicaré mejor: usted imagínese que ahora mismo es un adolescente de 14 años, sentado, por decirlo de alguna manera, en su pupitre. Entonces, cuando el profesor se da la vuelta, saca el móvil del bolsillo y lo mira ansioso, por si le ha llegado un whatsapp nuevo y, si se quiere hacer el gracioso y escalar puestos en el rankingde popularidad, también puede hacer una foto: a sus compañeros, al idiota de Daniel o, mejor aún, al carca de matemáticas. Luego, en el recreo, la sube al Tuenti y se pasa la tarde riéndose de su profesor y haciendo comentarios con sus amigos sobre sus pantalones de abuelo y sus camisas manchadas de tiza. Es genial, ¿verdad?

Tan genial que la foto en el móvil suena como las máquinas de antes, para que lo virtual y lo digital siga teniendo el matiz realista. Esto también lo olvidó mi compañero Pancracio, o más bien lo ignoraba, aquel martes en clase. En su cuadriculada cabeza no cabía la idea de que a un alumno se le ocurriera faltar el respeto a su profesor de aquella manera. "¡Lo que faltaba!", gritaba en el desayuno. Pobre Pancracio, también se le pasó por alto que nuestros alumnos no son como los de antes y que, sobre todo, el papel del profesor carece ya de autoridad profesional y social.

Bastaron dos días para que la indiscreción de los pasillos nos confirmara lo que temíamos. En los cambios de hora y en la salida, los alumnos empezaban a comentar la foto de Pancracio y lo que había sido una duda se convirtió en una realidad terrible, ante la que no podíamos permanecer de brazos cruzados. Fue entonces cuando la profesora de Biología tomó la iniciativa. Allí mismo, en la sala de ordenadores donde solemos poner las notas, se abrió una cuenta de Tuenti y, para sorpresa de todos, comprobamos que al teclear el nombre de nuestros alumnos, se sucedían los perfiles, totalmente públicos, de unos y de otros. Prácticamente ninguno conservaba la privacidad ni en su muro ni en sus fotos. Fotos, donde no sólo descubrimos a Pancracio, sino a muchos más de nuestros compañeros, retratados, sin saberlo, mientras ejercían su labor docente.

El problema es que eso no fue lo peor. Lo peor fueron las tangas y las bragas y los sujetadores de madres en el cuerpo de niñas de 12 y 15 años. Alumnas capaces de subir fotos de sí mismas en ropa interior con tal de llamar la atención e intentar ser las adultas que no son. Y no eran dos o tres, sino la inmensa mayoría. Sí, seguramente usted también tenga ahora mismo los ojos como platos, incrédulos y apagados de tristeza. Así nos quedamos todos los que estábamos allí, moviendo la cabeza de un lado a otro durante varios minutos, negando que aquello fuera posible.

Pero lo era, así que cerramos inmediatamente la cuenta Tuenti, abrimos un expediente contra el alumno que sacaba fotos y, al día siguiente, no impartimos ni lengua ni matemáticas ni inglés ni ninguna otra asignatura: hablamos de la importancia de respetarse a uno mismo y a los demás, de la necesidad de proteger la imagen, de hacer un buen uso de las redes sociales, de las actitudes denigrantes y de las actitudes constructivas, de quererse a uno mismo sin tener que impresionar o aparentar. Hablamos, ante todo, de cómo podían ser mejores personas y ciudadanos, porque, aunque se olvide con frecuencia, en el instituto público no sólo se forma, también se educa.

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