La tribuna

Jaime Martinez Montero

Van todos con el paso cambiado

HACE poco ha producido un cierto impacto un vídeo elaborado por el PP en el que se muestra a las claras la imposibilidad de que en Cataluña un castallanohablante pueda escolarizarse en su lengua materna, pese a que ésta es lengua oficial y la habla la mitad de los habitantes de esa tierra. Tras el efecto de su difusión, salen al quite los defensores de lo que hay, y nos quieren convencer de lo normal y corriente que es esto con ejemplos de lo que ocurre en el extranjero. Se citan los casos de Canadá, Bélgica y Suiza. También se menciona a Finlandia: un país bilingüe que obtiene magníficos resultados escolares. Me gustaría hacer algunas consideraciones para que los modelos y ejemplos que se utilizan no se aplicaran de manera incorrecta.

El problema de Canadá y Québec no tiene nada que ver con lo que ocurre aquí (me refiero a nivel escolar). Unos estudian francés e inglés, y los demás inglés y francés. Además, lo estudian en serio y no mezclan las rivalidades políticas con la necesidad de aprender el idioma. Ninguna de las dos partes tratan al otro idioma como la madrastra y sus hijas trataban a Cenicienta.

El problema belga es también diferente. Hay unas zonas lingüísticas muy homogéneas y es verdad que ni los flamencos quieren aprender francés ni los valones quieren estudiar flamenco. Pero en la zona bilingüe, los valones estudian en francés y los flamencos en su idioma. El problema de Bélgica es de dos comunidades que se llevan mal, no de que una de las comunidades impida a la otra que los niños aprendan en su lengua.

Suiza es un caso aparte. Hay cuatro idiomas, pero los cuatro se dan en zonas muy homogéneas. En el Ticino se habla italiano por casi todo el mundo, al igual que en los cantones franceses se habla francés y en los alemanes el alemán. El retorománico es muy curioso. Se habla en una zona muy determinada, pero no se aprende en las escuelas de los demás cantones ni figura entre las lenguas en las que -fuera de los Grisones- se comunican los ciudadanos con la Administración. Raro es el suizo que no sabe alemán, francés e italiano, además del inglés. Por cierto, son las lenguas de los países que les rodean. Otra curiosidad es que el retorománico lo hablan, respecto a la población de Suiza, más personas que hablan el vasco en proporción al número de habitantes de España.

El problema de España es distinto. Se habla una lengua común, que es la segunda lengua occidental más hablada en el mundo, junto con otras muy minoritarias (por supuesto, respecto a la población mundial). Son tres lenguas (si contamos mallorquín, valenciano y catalán como una sola), lo que hace muy difícil que se aprendan fuera de sus territorios. El problema de Cataluña, el País Vasco y Galicia no es que se obstaculice el desarrollo de su lenguaje, o que se impida que sus hablantes se puedan escolarizar en su lengua materna. Tampoco lo es que persigan que toda la población salga de la escuela dominando los dos idiomas. Esto es necesario, puesto que si no se obrara así la sociedad podría partirse, y los castellanohablantes tendrían más dificultades para la integración. Sinceramente lo digo: el que no sea bilingüe tendrá muchas posibilidades de convertirse en un ciudadano de segunda clase.

Ni siquiera el problema es la plena inmersión en la mayor parte de los cursos de la educación obligatoria (nótese, no obstante, que si los niños catalanes o vascos o gallegos flaquean en castellano, no les dan la más mínima zambullida). El problema es que se empeñan en que los niños aprendan a leer y escribir en una lengua que no es la suya. Esto plantea dificultades de todo tipo, bien descritas en la psicología del aprendizaje, que incluso hacen que el rendimiento en la segunda lengua sea más bajo. Cuando se comienza mal todo lo posterior se construye peor.

¡Ah! Se me olvidaba Finlandia. Número uno en Pisa 2006, este país se ha convertido en el espejo en el que todos se quieren mirar, en el modelo a seguir y en el ejemplo a imitar. Pues bien, en Finlandia los niños tienen derecho a cursar los estudios en su lengua materna. Inclusive pueden obtener así el título de Bachiller. Y resulta que en lugar de aprovecharse de la circunstancia para hacerle ascos a la otra lengua (que es el sueco o el finés), se empeñan en dominarla perfectamente.

¡Qué se le va a hacer! Las cosas son como son. Pero que no intenten hacernos ver que es toda la compañía la que va con el paso cambiado.

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