La ciudad y los días

carlos / colón

Veinte años después

REUNIÓN de los gerentes de Urbanismo de los últimos veinte años. Desde la Sevilla de confitería andalucista de Rojas Marcos a la Sevilla gran velador de Zoido, pasando por la Sevilla que Soledad Becerril dejó en manos de los figuritas andalucistas y la Sevilla que destrozó Monteseirín. El de este último fue el peor período, sin lugar a dudas. Porque el hombre tuvo la rara virtud de empeorar lo malo y estropear lo bueno. Bien estaba lo de meterle mano a la abandonada Alameda, pero no para perpetrar lo que allí se hizo. Bien estaba lo de acabar con la vergüenza de la Encarnación -el solar y la "instalación provisional" que duró más de tres décadas-, pero no para perpetrar las carísimas y horrorosas "setas". Bien, muy bien, estaba lo de peatonalizar la Avenida, la Puerta de Jerez y la calle San Fernando, pero no para crear un desierto de losas, cortar árboles y plantar naranjos de pega que las convierten -de mayo a octubre- en el yunque del desierto que atravesó Lawrence de Arabia para coger Ákaba por sorpresa. Bien estaba lo del carril bici, pero no tan mal trazado, devorando aceras y exigiendo también el sacrificio de árboles. Bien estaba lo que construir una biblioteca, pero no cargándose un cacho de los jardines del Prado... Y dale con los árboles: el gobierno de Monteseirín es lo más parecido a Saruman devastando el bosque de Fangorn.

Pero no seamos injustos: la sarumanía no es cosa sólo de Monteseirín, sino patrimonio de todos los alcaldes y gobiernos de Sevilla. Genio de los pueblos, podría decirse, porque muchos sevillanos comparten esta fobia a los árboles y este odio al verde. Con la ciudad sucede lo mismo. Los destrozos perpetrados o tolerados por andalucistas, socialistas y -en menor medida, pero sólo porque han tenido menos responsabilidades de gobierno- populares han sido ignorados o aplaudidos por los sevillanos.

Esta es la clave: la pasividad y el desinterés de unos sevillanos para con su cuidad; la catetería de otros que dan por bueno todo destrozo -desde el derribo de la plaza del Duque a las setas- como síntoma de que la ciudad se moderniza; y -para que no falte nadie- el desapego, cuando no el asco, que sectores progresistas e ilustrados de la ciudad sienten hacia su patrimonio, sobre todo el cotidiano, cuya defensa identifican con el inmovilismo reaccionario. Visto lo cual hacen bien los gerentes de Urbanismo en reunirse y celebrar sus logros.

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