Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Viceversas

PIPPI Calzaslargas da los buenos días en Antena 3. La chica del liguero tardofranquista embarca en una ingenua nostalgia a los padres cuarentones. Y el otro Pipi, quién va a ser, el ex campestre, el Estrada, intenta sobrevivir en el fango para fatiga de las veinteañeras adictas a Mujeres y hombres y viceversa. El que fuera cronista deportivo con cierta credibilidad naufraga ahora en las sobremesas tonteando con su ex, Lucía Lapiedra, o Miriam, o como se llame, entre los gritos del maromo protagonista y sus pélvicas aspirantes a novietas.

Mujeres y hombres no pasaría ningún filtro parental por lo que se cuenta, por lo que se sobreentiende y por algunas bromas a destiempo, como las que perpetraba ayer el propio Pipi, jugando a hacer el amor con muñequitos junto a su demandada ex pareja. Sí. Eso de cumplir con el código de autorregulación por parte de las cadenas en horario de protección infantil es una utopía más. Si los organismos y defensores no reciben más quejas (el número de protestas que se formulan es ridículo) es por desidia, por cuajo, de los propios espectadores.

Mujeres y hombres fue uno de esos programas que redescubrió la senda de la actual Telecinco, que tras su crisis tomatera empapela la parrilla de tronistas de diverso calibre y sálvames. Un formato de polémicas y griteríos, en el que la improvisación fabrica conflictos y salidas de tono, mientras el debate discurre en círculos que se repiten a sí mismos. Con ese trazado de mosqueos y encontronazos dialécticos, De buena ley encuentra su perfecto entorno para desarollarse y destacar. En este caso se elaboran disputas mundanas, con actores que simulan perfectamente su papel de víctimas y verdugos a pie de calle, con el código civil como árbitro de esas peleas de vecinas que siguen calando en este patinillo común que es el plasma.

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