Paisaje urbano

Eduardo / osborne

Wert a la francesa

DE los ministros nombrados por el presidente Rajoy al inicio de esta legislatura interminable, José Ignacio Wert fue de los que despertó mayores ilusiones. Un sociólogo inteligente, independiente, buen conversador, contertulio habitual en la órbita del grupo Prisa, designado con el propósito claro y demandado de cambiar el rumbo de la Educación en España, pese a que todavía hoy algunos sigan presos de sus planteamientos inamovibles y su demagogia. Y hay que reconocer que el hombre se puso a ello contra viento y marea, y el Gobierno sacó al fin su ley en medio de la tormenta.

Confieso que mi simpatía por el ministro aumentó el día que fue invitado a dar una conferencia sobre la reforma educativa en un hotel de Sevilla y ni siquiera pudo empezar a hablar, pues nada más aparecer por la sala una turba de camisetas verdes no dejó de alborotar hasta el que presentador tuvo que dar por suspendido el acto, para mayor gloria de los derechos que clamaban los chillones contestatarios y evidente menosprecio de la libertad de los que sólo fuimos allí a escucharlo. Mala cosa cuando el griterío ahoga la opinión, aunque ésta sea muy contraria a la nuestra.

Desde entonces, el aprecio a su persona ha ido decreciendo de manera inversamente proporcional al aumento de su soberbia, ya esbozada en su relación altiva y distante con los agentes del sector, en sus fuegos innecesarios, y definitivamente constatada con el numerito impresentable de su dimisión, una mezcla de deslealtad, irresponsabilidad y desahogo. A falta de sólo pocos meses para acabar el mandato no parece muy de recibo que todo un ministro de Educación, con la ley a medio implantar con tantos elementos en contra, le pida al presidente el cese porque su pareja (que además fue su secretaria de Estado en el Ministerio) se haya ido a vivir a París, y además le haga embajador de España ante la OCDE para pasear su amor por las riberas del Sena.

Pero quizá la salida de Wert del Gobierno no sea más que una buena metáfora de lo que estamos viviendo. El ministro bien pagado de sí mismo escapando a la francesa buscando poltronas más agradecidas, los que lo abuchearon aquel día cogiendo posiciones en las instituciones, y el presidente del Gobierno mareando la perdiz esperando como loco el final de la legislatura. Y mientras tanto, su ley de Educación a la espera de que entre otro Gobierno para cambiarla.

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