La ciudad y los días

Carlos Colón

De agujas y riquezas

EL caso Taguas no debe servir para juzgar a todos los socialistas ni a todos los políticos, pero sí para detectar un mal: la perdida de esa forma de pudor que en un político (sobre todo de izquierdas) se llama sobriedad; de esa forma de honestidad que en religión se llama ortopraxis (la recta práctica que autentifica la recta creencia u ortodoxia) y en política coherencia (la cohesión entre las ideas y la vida); y de ese sentido ético de la política que pone el bien común por encima del partidista o personal. A la derecha neoliberal -caso Zaplana- le afectaría sólo lo último, ya que la sobriedad solidaria no forma parte de su catalogo de valores.

No es cuestión de convertir a los políticos en santos laicos, sino de recordarles lo que deben ser: servidores públicos dedicados a la política, eso que desde los griegos se define como el arte o la doctrina referente al correcto gobierno de los Estados. Ni de ignorar hasta que punto la ambición, el narcisismo, la voluntad de poder, la dureza del carácter o la atenuación de la compasión son tan imprescindibles para abrirse camino en la lucha política como para asumir las responsabilidades de gobierno. Como tampoco es cuestión de exigir a los socialistas que sean anacoretas.

De lo que se trata es de exigir a todos los políticos que sean honestos, es decir, respetuosos para con las leyes y coherentes para con sus principios. De los socialistas, además, cabría esperar esa forma de pudor que se traduce en una sobriedad que es signo de coherencia ideológica, solidaridad y hasta buen gusto. La ética y la estética se unen aquí. El apetito de riquezas y lujos (y de rodearse por quienes los disfrutan) que ha venido caracterizando a una parte significativa de los políticos socialistas puede definirse como incoherente, insolidario y en ocasiones hasta vulgar. Un ciudadano puede ser rico y socialista, aunque la combinación tiene tan pocas posibilidades de salir bien en este ámbito como en el cristiano: lo del camello y el ojo de la aguja, ya se sabe; pero difícilmente un político socialista puede manifestar un apetito desordenado por riquezas y lujos sin que la cosa chirríe.

Otra cosa es la vulneración de las leyes o su insuficiencia para poner límite al ejercicio del poder como fuente de enriquecimiento. En este sentido comparto la opinión editorial de El País: "Si la Ley de Incompatibilidades no sirve para evitar que un asesor en materia económica del presidente del Gobierno pueda pasar sin solución de continuidad a presidir un 'lobby' de las grandes empresas constructoras, es que la ley está mal hecha y hay que cambiarla".

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