En tránsito

eduardo / jordá

M alos bichos

HAY una pregunta que me ronda desde hace mucho tiempo: ¿cómo es posible que Iñaki Urdangarín no se diera cuenta de que su antiguo socio Diego Torres era un mal bicho? No hablo de que fuera un corrupto o un sinvergüenza, cosas que todavía no sabemos bien -aunque podamos imaginarlas-, sino de otra cosa que no tiene que ver con su comportamiento sino con su carácter. Hablo de la mala catadura moral, de la capacidad de engaño, de la frialdad casi psicopática con que iba almacenando información confidencial sin que nadie pareciera darse cuenta. Urdangarín había conocido a Diego Torres cuando era su profesor en un instituto de negocios de Barcelona. ¿Cómo es posible que no llegara a descubrir que era muy poco de fiar? ¿Cómo se dejó cegar de tal manera por el deseo de ganar dinero? ¿Y cómo fue tan ingenuo que no vio que el otro se estaba quedando con una copia de sus correos? Hay un momento en que cualquiera de nosotros se da cuenta de que sus correos electrónicos corren peligro. Y eso fue algo que no supo prever Iñaki Urdangarín, lo que demuestra que no sólo era una persona muy codiciosa, sino también muy tonta. Tontísima.

Y lo mismo puede decirse de los dirigentes del PP que no vieron -o no quisieron ver- nada amenazador ni reprobable en la actitud de Luis Bárcenas. ¿Cómo es eso posible? ¿Dónde estaban Aznar, Rajoy, Rato y compañía? ¿Dónde estaba su intuición? ¿Dónde estaba su fino instinto? ¿Es que no vieron cómo miraba y caminaba ese tesorero que se ocupaba de las cuentas? ¿Es que no detectaron su mirada aviesa, su chulería, su codicia indisimulada? ¿Es que no lo oyeron hablar nunca por teléfono, pedir un café, tratar con sus secretarias? ¿Y cómo es posible que no intuyesen que aquel tipo iba a terminar clavándosela por la espalda?

Todo eso es inaudito. Por muy unidos que estén por los objetivos comunes, un socio o unos dirigentes de un partido político no pueden permanecer en la inopia sobre la personalidad de uno de sus colaboradores más cercanos. Pero aquí hemos preferido instalarnos en la inopia, primando la obediencia o la ceguera voluntaria antes que la inteligencia o la fiabilidad moral. Y si lo pensamos bien, hemos prescindido por completo incluso del criterio mismo de la inteligencia -y basta pensar en el ideario de Zapatero-, ya que se consideraba abusivo o antidemocrático que alguien fuera inteligente. Y así hemos llegado hasta la situación actual, en la que casi no quedan rastros de vida inteligente en ningún organismo del Estado. Mal vamos.

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