EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

'El ambigú'

HACE poco me pilló un atasco en el parking de un centro comercial. Por suerte era la hora del programa de Diego A. Manrique en Radio 3: El ambigú. Y por suerte, aquel día se emitía un monográfico sobre un disco de Graham Nash, Songs for Beginners, al que siempre le he tenido un cariño especial. Manrique ponía las canciones originales de 1971 y a continuación las versiones que han hecho algunos artistas actuales. No sé cuánto tiempo estuve esperando en la cuesta del parking, pero volví feliz a casa tarareando I Used to Be a King, la misma canción que yo tarareaba hace cuarenta años, cuando no podía imaginarme que algún día estaría haciendo cola en el parking de un supermercado porque creía que mi vida futura jamás incluiría colas en los supermercados. Por suerte me equivoqué por completo, ya que aquella idea romántica de la vida sin supermercados ni esperas fastidiosas terminaba muy pronto en el psiquiátrico, o peor aún, en el cementerio.

El pasado 22 de julio, la dirección de RTVE despidió a Diego A. Manrique y suprimió su programa. No conozco las razones del despido, ni me importan mucho. Se ha hablado de razones económicas y de discrepancias con la dirección de Radio 3, pero eso da igual. Lo importante es que la radio pública pierde a uno de sus mejores críticos musicales y a un conocedor comparable a los mejores escritores de rock, desde el difunto Lester Bangs a Nick Kent, aquel crítico inglés que fue capaz de sobrevivir a las juergas con Keith Richards y después con los Sex Pistols.

En su programa de Radio 3, Manrique demostraba una rara sabiduría musical, basada en una curiosidad insaciable que no parecía detenerse ante nada. Manrique era capaz de combinar su gusto por el blues más cavernoso con una extraña -y para mí incomprensible- afición a la música electrónica. No había género, ni grupo, ni disco raro que Manrique no hubiera escuchado o del que no le hubieran llegado noticias. Y en El ambigú cualquier oyente podía descubrir todo lo que quisiera, desde rock psicodélico a música africana o grupos desconocidos de la Motown que jamás lograron grabar más de uno o dos discos. En los últimos meses recuerdo un programa dedicado al guitarrista de jazz Wes Montgomery, y otro programa dedicado al soulman Lou Rawls, y otro sobre el concierto que James Brown dio en Kinshasa en 1974, cuando Muhammad Ali (o Cassius Clay) fue a disputar el título mundial de boxeo. Cito así, a bote pronto, y no me olvido de aquel maravilloso especial sobre Graham Nash y sus Canciones para principiantes. El ambigú era uno de esos raros programas musicales que justifican la existencia de una radio pública. Lo tenía todo: excelencia, sabiduría, generosidad. Quizá le venía demasiado grande a este país.

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