EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

La ansiedad de los controladores

LOS controladores aéreos tienen sueldos muy altos. El otro día oí en la radio a una controladora que decía ganar unos 15.000 euros al mes. Eso es mucho dinero. Los controladores argumentan que su trabajo es muy duro y que exige unos conocimientos muy especializados, pero un artificiero de los Tedax o un cirujano cardiosvascular de un hospital público también debe tener unos conocimientos muy especializados, que en ningún caso -que yo sepa- le son remunerados de la misma manera. Y lo mismo podría decirse de otros muchos trabajos. ¿Cuánto gana un terapeuta de niños discapacitados? ¿O un policía científico? ¿O un submarinista de una unidad de rescate marítimo?

Los controladores llevan mucho tiempo comportándose como una secta que vive al margen del resto de la población. Lo que para nosotros representa un mes de trabajo, para ellos no es más que una bagatela que se gana en dos horas. Lo que a nosotros nos quita el sueño, a ellos les importa un pimiento. Y su obscena lejanía de las preocupaciones del resto de los ciudadanos se parece mucho a la burbuja impermeable a la realidad en la que se ha instalado la clase política, o a esa otra burbuja blindada en la que vive desde hace mucho tiempo la clase financiera que controla los bancos y las grandes corporaciones. Nuestra escala de medir las cosas es por completo distinta de la suya. Un metro nuestro es un milímetro suyo. Y un euro nuestro es un céntimo suyo.

Sólo así se entiende la pasmosa indiferencia con que los controladores abandonaron el viernes pasado su trabajo. Y sólo así se explica la frialdad y el desapego hacia el ciudadano normal que demostraron tener. ¿Cómo es posible que no calcularan lo que podía pasarles? ¿Cómo es posible que no cayeran en la cuenta de que su conducta podía tener graves consecuencias? Pero estaban tan acostumbrados a que todo el mundo se plegara a sus caprichos pueriles que ni siquiera se les ocurrió que podía haber una reacción contundente por parte del Gobierno. Y las cosas llegaron tan lejos que las autoridades militares tuvieron que mencionarles la posible incautación de sus bienes o la existencia del delito de sedición para que muchos de ellos se dieran cuenta de la locura que habían cometido. Había cuatrocientas mil personas afectadas por su intolerable abandono del trabajo y todo el país vivía pendiente de los aeropuertos, pero ellos sólo pensaban en la ansiedad intolerable que decían sufrir, ese curioso "síndrome de ansiedad" que se cura de forma instantánea cuando se aceptan sus caprichos. Si tan estresados están algunos controladores, quizá deberían pensar en retirarse y montar un hotelito rural con sus cuantiosos ahorros. Y así todos viviríamos mejor. Ellos y nosotros.

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