La ciudad y los días

Carlos Colón

El besamanos de la Macarena

LA cosa sucedió así. El domingo pasado el prioste de la Macarena acudió a misa y oyó que Isaías le decía a él -sólo a él entre cuantos llenaban la iglesia- que el Señor le había enviado a anunciar la buena nueva a los pobres, consolar a todos los que lloran y vendar los corazones rotos. Después oyó lo que Lucas decía de la Virgen que colmaba de bienes a los hambrientos y despedía vacíos a los ricos. Oyó también la orden que Pablo le daba para que él la transmitiera a Sevilla: "¡Estad siempre alegres!". Y por fin oyó repetir al San Juan que va sobre el paso de la Amargura lo que decía el otro San Juan al que el vulgo llama de la Palma: "Hubo un hombre, enviado por Dios, que vino para dar testimonio de la luz". Y supo que había llegado la hora de montar el besamanos de la Esperanza, es decir, de anunciar la buena nueva a los pobres, vendar los corazones rotos, consolar a los que lloran, estar alegres y dar testimonio de la luz que derrota madrugadas.

Así nace cada año el besamanos de la Macarena, no como algo prefijado que se hace rutinariamente, sino como el fruto de una inspiración que es, en realidad, decisión de Ella. Pasa con esto lo mismo que cuando decide subirse sobre su paso el Miércoles de Pasión, cuando se le antoja echarse a la calle al filo de la medianoche del Jueves Santo o cuando se aparece siempre por sorpresa aunque haga horas que se la está esperando. Cree el diputado mayor de gobierno que manda sobre la cofradía, creen los fiscales que mandan sobre los capataces, creen los capataces que mandan a los costaleros y creen los costaleros que es su fuerza la que le da vuelo a la Esperanza: pero es Ella la única que manda, como si tuviera voluntad propia. Y la tiene, porque Ella guía las voluntades de quienes bien la sirven.

La perfección de esta hermandad que es camarín desde el que se nos da, púlpito desde el que nos habla y paso sobre el que nos busca; la perfección de esta cofradía que parece manar de Ella como una letanía de merino y terciopelo verde; la perfección del ajuar que parece ser el aura de su cara: todas las perfecciones que se suman en la Macarena, haciéndola única y reconocible en todos sus detalles, nacen de la obediencia a lo que la Esperanza tan dulce e irresistiblemente manda.

Saben los macarenos lo que sabía hasta Axafat, el gobernador moro de Sevilla que grabó sobre las llaves que le entregó a San Fernando: "El Rey de los Reyes abrirá, el Rey de toda la tierra entrará", para que nadie dudara por voluntad de a quién la ciudad se rendía. No dude nadie tampoco quién ha querido que desde hoy esté en besamanos la Esperanza.

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