Hoja de ruta

Ignacio Martínez

El chófer de Garzón

SOBRE Einstein, el científico más popular del siglo XX, corren múltiples leyendas. El Premio Nobel de Física se fue a vivir a Estados Unidos en 1933, tras la llegada de los nazis al poder en Alemania. Dio clase en Princeton y conferencias por toda norteamérica. Una de sus leyendas cuenta que su chófer le dijo un día que siempre le hacían las mismas preguntas y que él se sabía las respuestas de memoria. Así que Einstein le propuso cambiar los papeles en la siguiente cita. Las preguntas fueron las acostumbradas y el chófer estuvo certero en las respuestas, hasta que una joven se interesó por un asunto nuevo. Tras un momento de desconcierto, el chófer reaccionó divinamente: "señorita, la respuesta a esa pregunta es tan fácil, que hasta mi chófer podría contestarla" y cedió la palabra al sabio.

Cuando el protagonista de una historia tiene el papel cambiado, genera en los espectadores un inconsciente sentimiento de incomodidad. Por ejemplo, no es normal ver a 15.000 guardias civiles y policías manifestarse para reclamar mejoras salariales y laborales. En este tipo de actos se suelen ocupar de la seguridad de los ciudadanos; por ejemplo, en el gravísimo problema de seguridad que se generó en el aeropuerto de Barcelona, cuando invadieron las pistas los trabajadores de tierra de Iberia. Choca verles de manifestantes, pero cuando se repasan las tablas salariales de las policías autonómicas y locales y se comparan con lo que pomposamente llamamos cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, la verdad es que hay que darles toda la razón. En todo caso, esto de sacar los uniformes a la calle, inquieta en este país, aunque la dictadura esté muerta y enterrada.

Sin embargo, el juez Garzón no se ha enterado de ninguna de las dos cosas. Ni de que los jueces no deben ser protagonistas de sus actuaciones, ni de que la guerra civil ha terminado. Se cumplen ahora diez años desde que consiguió, con un auto que parecía un brindis al sol, retener durante casi un año al general Pinochet en Londres, cuando pidió su extradición a España, acusando al dictador chileno de crímenes contra la humanidad. Ahora, el mismo juez añade un capítulo a sus obras completas con un auto en el que quiere abrir un juicio de Nuremberg contra Franco, los jefes del levantamiento militar del 18 de julio y sus ministros en los gobiernos desde el 36 al 51. Les imputa el asesinato de 114.266 personas. Nadie discute el derecho de los familiares de las víctimas de la represión franquista a una reparación moral o la recuperación de sus restos para un digno enterramiento. Pero esta causa noble no debería servir para mayor gloria de quien debe administrar justicia. El hecho de que el auto apareciera el mismo día que el juez presentaba un libro en Madrid, da una idea del sentido de la discreción que gasta el señor Garzón. Tan escaso que hasta su chófer podría darle lecciones al respecto.

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