por montera

Mariló Montero

Los sin cielo

ARRANCARLES el cielo a quienes no tienen ni techo suena desgarrador. La sociedad vertical asume esos lunares de la tierra como parte de su piel. Los mendigos, los vagabundos, no nos molestan, aunque cada vez que te topas con uno es inevitable la reflexión y el sobresalto de una pregunta sin respuesta: ¿Por qué? Pareciera como si durante el día a los mendigos y vagabundos se los tragara la tierra, como si la luz del sol les desintegrara como a un vampiro. Afloran en la oscuridad, cuya negrura hace más imperceptibles sus rostros deslustrados. Se es menos si contribuyes a emborronar tu cara. La noche es su burka. La ausencia de identidad ayuda a la falta de empatía y solidaridad. En consecuencia, a la liberación de nuestra responsabilidad. Si no conoces, no duele ¡Qué hipocresía!

No suelen meter ruido. Quieren estar solos después de haber pasado por el dramatismo que los expulsó de la dignidad hacia la humillación. Llegados a ese punto, viven con recato, se acurrucan del frío por ahí. Como los indios vagabundos podrían ser respetados por una sociedad que ve en su miseria la búsqueda hacia su liberación. Pero no. Es sencillo saber por qué un hombre o una mujer eligen como colchón el suelo de la acera de una calle, como habitación personal las escaleras exteriores de un portal, como hogar seguro un cajero automático y como techo el cielo. Tan sencillo como preguntárselo.

El debate sobre qué hacer con ellos queda en un enfrentamiento entre opiniones que no concluyen en una solución satisfactoria. Quien pretende "recuperar" a los mendigos acaba ahí su argumento, que choca con la realidad de un país con casi cinco millones de parados y un millón de pobres. Se desconoce el censo de mendigos y vagabundos, para los que se propone que por ley abandonen la calle. Pero, ¿para ir a dónde, más allá de una provisionalidad eterna? Quienes dicen que sacar a los mendigos de la calle es una persecución tampoco dan soluciones.

Al parecer, el 40% de los mendigos tiene problemas mentales y diferentes adicciones, aunque no sabemos si como causa o como consecuencia. Serían quienes nunca aceptan ir a los albergues, en los que sólo pueden permanecer cuatro días. Es un problema endémico de las grandes ciudades donde habita la incapacidad de dar una alternativa a quienes, me atrevo a asegurar, preferirían tener un hogar tradicional. ¿Cuál es la solución para "recuperar" a tantos vagabundos y mendigos? ¿La misma solución se podría aplicar a todos, pese a los distintos grados de pobreza y personalidad? ¿Seremos capaces de hacer una ley para quienes parece que viviesen al margen de las leyes? Habría que preguntárselo, uno por uno, a una comunidad cuya única asociación es el cielo. ¿Son feos los lunares de la tierra? Para mí son la certeza de una realidad que no debe ser disfrazada.

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