Crónica Levantisca

Juan Manuel Marqués Perales

jmmarques@diariodecadiz.com

La ciudad líquida

La imagen de la ciudad líquida son esos tipos que van a pasar seis noches en la calle para comprar entradas del Falla

La mejora de las comunicaciones esconde efectos perversos, los ciudadanos ganan aparentemente, pero las economías locales se van al garete porque no compiten con los grandes centros construidos a unas distancias menguantes. Se ve en algunos pueblos de la Sierra de Cádiz y de la comarca de la Janda, llega el fin de semana y lo que antes eran poblaciones vivas y alegres son hoy tristes caseríos casi desiertos porque sus vecinos pasan el día en los cines, restaurantes y tiendas de un megacentro comercial de Jerez. Las dos autovías sirven para vaciar sin un llenado que compense.

En los años noventa, Pedro Pacheco, alcalde de Jerez, y hoy aún recluido en uno de los penales de El Puerto, ya lo advirtió: el nuevo puente de Cádiz va a servir para sacar más gente de la ciudad. Y se mofaron, cómo si no tuviese carriles en los dos sentidos. Ja, ja, ja, ja, Pacheco cateto. Cádiz capital es hoy la tercera ciudad de la provincia, por detrás de Jerez y de Algeciras. Es un caso único en España. Esto funciona como un proceso de ósmosis: a medida que la frontera entre las membranas es más permeable, la velocidad de transferencia aumenta en el sentido de la menor presión. Algunas visiones heterodoxas, y muy minoritarias pero bastante cultas, sostenían que Cádiz no sobreviviría cuando perdiese su insularidad, puesto que ésta es su elemento singular.

Trimilenaria es una ciudad tan líquida como el el elemento que la rodea, sus cimientos se han ido ablandando de modo muy peligroso: el puerto, el muelle pesquero, los astilleros, la aeronáutica e, incluso, el éxito del sector inmobiliario, medido en sus altos precios, acelera esta pérdida de población. Cádiz es como un pecio de donde sus clases medias y altas se marcharon a El Puerto, Puerto Real, Chiclana, San Fernando y Vistahermosa, y hoy sólo logra identificarse con el carnaval, que de movimiento popular, musical y satírico se ha convertido en una presencia elefantiásica; totalitaria, porque lo inunda todo, y hasta en ocasiones estúpidamente solemene. La imagen de mi ciudad son la de esos tipos que van a guardar seis noches en una suerte de campamento improvisado en el Estadio para comprar entradas de la fase de preliminares del concurso del Falla. ¡De preliminares, señores!

La Vieja Dama conserva mucho de sus encantos, no hay una playa urbana similar en el país, pero hasta los solares y edificios destinados a hoteles están cubiertos de jaramagos burocráticos y podridos de aluminosis de mediocridad.

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