Relatos de verano

Jorge Duarte Domínguez

La cola (IV)

ME dirigí a la cola para expresar un discreto agradecimiento. Sin embargo, algo grave debía haber ocurrido durante mi ausencia, pues todos me miraban estupefactos; algunos lloraban desconsoladamente; la secretaria, visiblemente cuitada, hablaba con su jefe, el que me atendió, que se derrumbó en una silla y se despojó de las gafas para secar las copiosas lágrimas que caían por sus mejillas. En unos segundos hicieron un círculo a mi alrededor.

La horrible señora, asumiendo la portavocía de toda la dependencia (ascendía a toda leche), se dirigió a mí con los ojos anegados, y dijo:

-He llamado al colegio de tu hijo... Nos han dado una terrible noticia.

"¡Qué carajo habrá soltado mi amigo Álvaro!", pensé, aterrado. El muy cabrón habrá creído que estaba de cachondeo; lo más seguro es que haya soltado una burrada y colgado meándose de la risa.

-Verás, hijo -continuó la señora-. Tu hijo… ha muerto. No sabes cómo lo siento.

No podía creer lo que acababa de oír. Aquello tenía que tratarse de una pesadilla, de la peor pesadilla que había tenido nunca. Era el momento de echar a correr hacia la calle como alma que lleva al diablo (nunca mejor dicho), pero todos se agolpaban a mi alrededor creando un sólido muro de contención. No sabía cómo salir de esa maraña de seres humanos. Se apelotonaban contra mí con tanta enjundia que no podía mover un solo dedo, y empezaba a faltarme el oxígeno de forma alarmante.

El jefe acudió de nuevo en mi ayuda. Asumiendo su papel de máxima autoridad, del que disfrutaba abiertamente, dijo con la voz bien levantada:

-Dejen paso, por favor. El muchacho necesita aire -y, dirigiéndose a mí, añadió-: no sabe usted cómo siento lo de su hijo, señor Ventura. Será mejor que salgamos del Registro. Yo le acompañaré.

Quise salir del estado de shock, pero advertí que distaba mucho de ser una simulación; todo mi ser se había quedado aterido, con nula capacidad de reacción. En este lastimoso estado mis trémulas piernas me llevaron hacia la puerta de salida. A medida que avanzaba, los compasivos se apartaban para dejarme paso, dividiéndose en dos largas hileras de personas, quienes, asaz compungidas, conformaron un largo pasillo que yo habría de recorrer.

Bajé la escalinata con el séquito a mis espaldas. Al llegar a la puerta de la calle observé que el grupo de personas que me seguía había aumentado considerablemente. La noticia se había extendido por el edificio entero. La totalidad de los usuarios y una buena parte de los empleados del Registro se agolpaban en la puerta de entrada. Podía haber más de ciento cincuenta personas en aquella improvisada aglomeración, que, a su vez, fue nutriéndose de individuos que pasaban por esa acera, sorprendidos e intrigados por la magnitud de la muchedumbre, quizá pensando que regalaban algo o en la presencia de alguna celebridad.

Yo seguía alelado, perdido en algún lugar de mi universo interior, mostrando incomprensión y sorpresa por todo lo que me rodeaba. Esto me daba ventaja para pensar.

La multitud, en muestra de su apoyo incondicional y, en cierto modo, irracional, me rodeaba con exaltación; como a Jesucristo Superstar en sus mejores tiempos. El jefe ayudó a abrirme camino entre el gentío. Mis pasos se dirigieron hacia una parada de taxis a sólo unos metros de la puerta del Registro, en la que aguardaban dos vehículos. Me dirigí al primero de ellos, seguido por mi inseparable comitiva. El taxista, que aguardaba fuera del coche, nos miraba con cierta curiosidad desde la distancia, pero empezó a reaccionar cuando observó que aquel hervidero de seres humanos se le aproximaba peligrosamente. Dejó caer de sus labios una colilla encendida y abrió mecánicamente la portezuela trasera del coche: su talento o capacidad de reacción no parecían darle para más.

El jefe que me atendió, con la pretensión de perpetuar su protagonismo hasta el infinito, no se separaba de mí. Logró introducirme en el interior del taxi tras forcejear con algunos individuos que, al parecer, no habían quedado satisfechos con la diversión y ansiaban un buen epílogo. Pareció decir unas palabras al taxista que no pude oír; acto seguido el vehículo empezó a rodar, no sin cierta dificultad, pues la gente seguía amontonada alrededor del mismo, pegando sus narices por todas las ventanillas. El taxista no preguntó a dónde nos dirigíamos, por lo que supuse que el jefe ya le había hecho alguna indicación.

Arrellanado en el sillón de atrás, a las puertas de mi salvación, empecé a reconocer que había sido una actuación digna de un Oscar. No sólo me había colado sino que, además, había sido atendido por el jefe en su despacho, a modo de cliente VIP. Además, llevaba mis documentos bien cumplimentados, y eso era lo que realmente importaba. Sin embargo, había algo que no encajaba, algo que impedía que celebrara abiertamente mi victoria, aunque por más vueltas que daba al asunto no acertaba qué podía ser. Es cierto que mi conciencia se había ennegrecido de podredumbre, pero con el tiempo la había acostumbrado a sentirse así. Tenía que haber algún cabo suelto, algo que...

Me fijé en mis manos vacías. Sin dejar de observarlas intenté averiguar qué había de extraño en ellas. Al instante, se me erizaron los vellos de mi cuerpo y mi frente comenzó a rezumar sudor a borbotones.

¡Había olvidado los documentos!, advertí con todo el horror de mi alma. Busqué por el asiento y en el suelo, aunque tenía la certeza de que los había dejado encima de la mesa del jefe de administración. Detuve el taxi, le pague y encaminé mis pasos hacia el Registro, mientras me serenaba y pensaba en la situación.

El problema era grave, ya que no podía presentarme en casa sin esos valiosos documentos. Mi mujer y yo llevábamos meses preparando una reunión en una notaría con los hermanos de Sara, que así se llamaba mi querida esposa, dos de los cuales habían venido expresamente desde Argentina e Italia respectivamente. La cita con el notario era esa misma tarde.

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