Relatos de verano

Jorge Duarte Domínguez

La cola (V)

SE ventilaba nada menos que el reparto de una cuantiosa herencia, en forma de edificio ruinoso en pleno centro de Lisboa. La venta se había formalizado hacía meses, pero la adjudicación había ido retrasándose durante años por desavenencia de los herederos, los cuales, se circunscribían a mi mujer y sus cuatro hermanos. Aun repartiendo tajada con aquella caterva de gandules, calculaba que a mi mujer y a mí nos corresponderían cerca de cuatrocientos mil euros, siempre que el notario diera su visto bueno y los herederos mostraran su conformidad por quórum. La boca se me hacía agua cada vez que visualizaba esa cifra en el saldo de mi cuenta corriente. Ese documento era crucial para que el notario pudiera adjudicar el legado.

Era treinta y uno de julio, y para colmo de mis desdichas, viernes. Nos advirtieron varias veces que si la reunión fallaba tendríamos que postergar la firma hasta pasado el verano, ya que el notario tomaba sus vacaciones esa misma noche para no volver hasta septiembre. Si esto llegara a ocurrir, no veríamos un solo euro hasta dentro de unos meses; y esto contando con que lográramos hacer venir a los dos emigrantes de nuevo, a los que les debía sobrar el dinero, pues cada vez que los requeríamos para liquidar la herencia no hacían más que poner pegas. Asimismo, daba por sentado que mi mujer se divorciaría de mí si no volvía con el fatídico documento. Había arruinado mi vida por no haber esperado un rato en una sencilla cola, como hubiera hecho cualquier ciudadano. Para colmo, mi mujer me había advertido varias veces que no pospusiera la importante gestión para el último día.

"No va a destruirse el Registro", le respondí en una ocasión con sorna. Lo que se había destruido era mi vida: mi matrimonio y la herencia iban a ser fulminados de raíz.

Enfrascado en estos razonamientos, observé que delante de mí, a sólo unos pasos, paseaban unos chavales, una manzana antes de llegar al Registro de la Propiedad.

Les abordé casi sin saber cómo iban a ayudarme exactamente:

-¿Cómo? ¿Qué tenemos que hacer? -respondió uno de los zagales.

-Sólo tenéis que entrar en aquel edificio, subir a la primera planta y preguntar por el jefe de administración. Le explicáis que venís a recoger unos documentos que ha olvidado el señor Ventura. Los traéis y os doy treinta euros para los cuatro.

Sus expresiones de desconfianza desaparecieron al comprender que era un asunto limpio, simple y bien remunerado.

-Está bien -asintió el que parecía ser el cabecilla. Y sin más palabras corrieron hacia la puerta del Registro.

Me senté en el capó de un coche, desde el cual divisaba perfectamente el edificio del Registro. Había mucha gente concentrada en la puerta. De entre la multitud emanaban ráfagas de luces azules en movimiento circular, por lo que deduje que había llegado la Policía, aunque lo que más me inquietó de aquella visión fue la presencia de periodistas: tíos y tías jóvenes, casi adolescentes, que se movían frenéticos por entre el gentío mientras daban instrucciones a los cámaras, quienes observaban el panorama con desidia, ya curados de espanto.

Una furgoneta de grandes dimensiones, con el distintivo de alguna cadena de televisión, había subido a la acera con total impunidad. Salieron varios muchachos de la parte de atrás y comenzaron a sacar toda clase de artilugios técnicos: cables, micrófonos, pantallas, cámaras, etc. Esto tenía una lectura simple: o bien estaban haciendo un spot de televisión, una escena de alguna película o algo similar, o bien yo era el responsable de aquella parafernalia. Esto último parecía descabellado; ni yo era importante ni la fechoría que había cometido tenía envergadura suficiente. No obstante, empecé a imaginar a toda aquella aglomeración enardecida, y a alguna autoridad ofreciendo una recompensa para el primero que me encontrara: vivo o muerto.

De entre la masa "asesina" salieron los adolescentes a los que antes había contratado y corrieron hacia mi posición. La adrenalina circulaba violentamente por mi sistema circulatorio con el objetivo de infundirme unos ánimos virtuales, ya que a ese respecto mi cuerpo estaba muerto, aunque tampoco me iban a hacer mucha falta para coger los valiosos papeles y salir a toda leche de allí.

Tras los muchachos venían dos policías municipales y la vieja gorda pisándoles los talones. Resoplaba por la nariz en la carrera, ya fuera por el esfuerzo de mantener el paso de los agentes o por una sobredosis de animadversión y rencor hacia mí y la consiguiente intención de darme una buena somanta en cuanto llegara. Me invadió una oleada de pánico al ver a la señora en estampida, provocando toda suerte de calambres de mi cintura para abajo. Pero al punto comprendí que no tenía de qué preocuparme. Seguramente todavía le remordería la conciencia por sus ataques despiadados contra mí, y vendría con buenas intenciones.

Como quiera que los zagales venían corriendo, motivados por cobrar con premura, llegaron mucho antes que los guindillas, con tiempo suficiente para entregarme los papeles y para que yo les pagara discretamente, sin que nadie se percatara de nuestro negocio. Los chicos cogieron los billetes y pusieron pies en polvorosa, convencidos de que su dinero no estaría a salvo hasta que me perdieran por completo de vista.

Los policías locales y el monumento se acercaron a mí. Uno de ellos intervino:

-Muchacho, estamos al tanto de lo que ha ocurrido en el Registro. Acompáñanos al patrullero. Nos vamos a encargar de ti -no supe colegir por sus palabras si se trataba de una especie de detención o de una amable solicitud de ayuda por el repentino fallecimiento de mi hijito.

La gorda no decía nada, aunque detecté en ella cierto aire de superioridad, o quizá de venganza serena, o incluso de alguien que no tiene nada que perder, como un suicida de Hamas.

-No hace falta, he llamado a un taxi -mentí.

-No se preocupe por eso -dijo el policía. Y sujetó mi brazo suavemente pero con firmeza, encaminándome hacia el patrullero. Parecía pensar: "Si no estás detenido, hijo. Sólo vamos a hacerte unas preguntitas muy simples en comisaría, verás qué bien nos lo pasamos. Te parecerá que estemos jugando al Trivial...".

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