La crónica económica

Joaquín / Aurioles

¿Cuánto debe crecer la economía?

LAS cajas de ahorros acaban de rebajar su estimación de crecimiento para 2008 al 2,8 por ciento, alineándose con otras instituciones privadas y alejándose de la previsión del Gobierno, recogida en los Presupuestos Generales del Estado. Las culpas se reparten entre la contención esperada en el consumo de los hogares y la crisis inmobiliaria y de la construcción, también en línea con las reiteradas advertencias sobre el excesivo endeudamiento de las familias. Después de evitar el contagio de la crisis que trajo el nuevo siglo a la mayor parte del continente, parece que de ésta no nos libraremos tan cómodamente y que para valorar los anuncios de rebajas en las previsiones, lo correcto sería preguntarse cuánto debe crecer una economía en cada momento. En principio, la respuesta sería que algo por encima del crecimiento potencial en las etapas expansivas y algo por debajo en las depresivas.

Desde un punto de vista conceptual, el crecimiento potencial sería el que se corresponde con la máxima ocupación de recursos, compatible con la no aparición de tensiones en los mercados, sobre todo de factores, y en los precios. Desde una perspectiva más pragmática, el crecimiento potencial sería aproximadamente el promedio de las tasas anuales de crecimiento durante un periodo de tiempo lo suficientemente largo.

De acuerdo con esta interpretación, y tomando como referencia temporal el comienzo de la remontada de la crisis de los 90, la tasa de crecimiento de la economía española durante un año normal debería estar en torno al 3,15%, lo que significa que en una situación crítica como la actual, un crecimiento esperado del 2,8% para 2008 puede considerarse como normal. Otra cosa es lo que se espera para Andalucía, cuyo crecimiento promedio ha sido 0,75 puntos superior al español desde mediados de los 90 y que nos obligaría a crecer en torno al 3,5 por ciento para que el impacto de la crisis fuese similar al resto de España.

Las previsiones son, sin embargo, algo más pesimistas para Andalucía, debido a que los hogares están más endeudados y a que el crecimiento ha sido más dependiente del ladrillo, por lo que habría que darse por satisfecho si, como anuncian las estimaciones oficiales, la economía andaluza termina comportándose como la española.

El problema es que además de la caída del consumo y la crisis inmobiliaria también asistimos a las imparables escaladas del petróleo y otras materias primas y del euro. Lo primero provoca inflación e incertidumbre sobre la esperada reducción de tipos de interés en algún momento del año que viene. Por su parte, el encarecimiento del euro impide que el sector exterior tome el relevo de la desgastada demanda interna, tras una década de comportamiento ejemplar.

Por si fuera poco, nos adentramos en la crisis al mismo tiempo que en las elecciones, lo que dificultará el tipo de reflexión aconsejable ante situaciones difíciles y nos obligará a asistir a situaciones tan grotescas como la derivada del alza del paro registrado, que ha llevado a exigir la dimisión del delegado de la Consejería de Empleo en una provincia andaluza.

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