palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Entre duques y condes

LOS andaluces, después de treinta años de esfuerzo, no hemos conseguido espantar el tópico de vagos, graciosos, festeros y borrachines. Cuando parece que estamos instalado en el siglo XXI surge un genio de los lugares comunes y hace su aportación a la esencias frívolas de la raza. Unos lo hacen desde su posición de señoritos antiguos, otros desde los tópicos centralistas y algunos más incurren en el mismo delirio en su afán de desvirtuar al partido contrario. Incidir en el tópico es una tentación demasiado fuerte. Así que no pasan unos meses sin que algún tipo suelte su cuota de gilipollez, dicho sea con perdón. Y qué decir del acento. El tópico reverdece con una perseverancia de cucaracha en el sótano. No hay insecticida capaz de eliminar tales bichos y, sobre todo, el denso caldo que les sirve de alimento.

Bien es verdad que personajes como Cayetano Martínez de Irujo son únicos. Tipos que representen también el estereotipo del señorito andaluz, ese que se jactaba de no aprender a leer porque tenía dineros para contratar a a los lectores que le diera la gana, son especies exclusivas. A mí lo que más me impresionó de sus declaraciones a Jordi Évole fue su nostalgia de personaje medieval, no para conservar los libros miniados ni para irse a combatir al turco (que ya supondría cierta actividad), sino para solucionar a duelo de espada o de porra los litigios que hoy resuelven los tribunales de justicia. Que hay una disputa de lindes, pues aquí tienen a Cayetano con la tizona; que los braceros reclaman más sueldo, pues ahí aparece el señorito con la maza. Etcétera.

Hay que reconocerlo: los andaluces hemos fracasado en la erradicación del tópico. Quizá porque no hemos conseguido crear un arquetipo lo suficientemente sólido para oscurecer la caricatura. Nos escuecen las tonterías del conde, pero la Junta le enciende un cirio a su madre, la duquesa. (Por cierto, últimamente en la actualidad mandan inquietamente los condes, los duques, las infantas y las duquesas. ¿Querrá decir algo?).

José Antonio Griñán antepuso el otro día a la Andalucía holgazana la Andalucía de los 25.000 investigadores. Sobre el papel la comparación está bien, pero bastaría con indagar ligeramente para apreciar que ser investigador no es un destino preferente. Las universidades andaluzas andan medio arruinadas y muchos alumnos aún no han cobrado las becas Erasmus del curso pasado. Y los tiempos que se abren ahora no van a ser propicios a la investigación. Y algo mucho peor: las posibilidades trabajo se alejan y muchos titulados han emprendido la fuga a Alemania, de manera que en términos de expectativas laborales las diferencias entre un jornalero y un licenciado son, digamos, de orden formativo. Nos ha faltado músculo para matar a la cucaracha del tópico.

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