Análisis

José Ignacio Rufino

Las empresas griposas

VAMOS a suponer que esta vez lo de la gripe va en serio. Que viene de verdad, y que se espera su eclosión dentro de pocos meses. Vamos a suponer que el desarrollo de la vacuna contra la gripe A no tiene nada que ver con oscuros manejos de empresa-ficción, y que detrás de la nueva tamiflú por venir no está esta vez el inquietante Donald Rumsfeld, que dimitió de secretario de Estado de Bush para coger las riendas de la farmacéutica que, repentinamente tras la llegada del aguileño republicano, se encontró con el reto de fabricar masivamente una de las vacunas más inútiles de la historia (salvo para el patrimonio de los fabricantes y accionistas de Gilead y Roche, las empresas que se repartieron el bacalao. Un dato: en Estados Unidos no hubo un solo muerto por la horripilante gripe aviar). Vamos a suponer todo esto porque la economía no es para frikis que creen en la mano negra, y porque, fatalmente, ya hay un buen número de muertos. Vamos a partir de que es cierto que entre el 30 y el 40% de los españoles nos vamos a contagiar. No vamos a hablar sobre qué va a pasar con los hospitales, con los colegios, con los centros comerciales, con los bares, con los cines, con los estadios, con los gimnasios o con los confesionarios si este panorama acaba realizándose. Hablemos de la productividad laboral, de las bajas, de la picaresca, de quién va a pagar el absentismo por enfermedad. De los costes de la pandemia para las empresas.

A partir de las previsiones de la Organización Mundial de la Salud, una consultora llamada McKibbin ha estimado que el coste de la gripe A supondrá para las empresas españolas en su conjunto más de 50.000 millones de euros. Por dar una referencia, digamos que esa cantidad equivale al 5% de nuestro Producto Interior Bruto, algo así como todo el coste de la Educación para el Estado central y las comunidades autónomas juntas. O algo menos de todo lo que se gasta en Sanidad la administración pública en toda España en un año. Si esto es realmente así, demasiado tranquilos estamos. Salvo para las farmacias, las consultoras de prevención o los fabricantes de mascarillas, los márgenes de las empresas recibirán un nuevo gancho en la mandíbula, por no hablar de los propios presupuestos del Estado y del poliedro autonómico. Lo de los 420 euros por parado-por-concretar –aunque ése sea un coste estatal y no empresarial–, una nimiedad al lado de estas cifras mareantes.

Se calcula que entre que uno coge la enfermedad y, deseablemente, se reincorpora con ritmo a su trabajo no pasan menos de seis días. Los tres primeros días de baja en caso de enfermedad no laboral no los paga ni la empresa ni la Seguridad Social: lo paga el enfermo (o no los cobra, que viene a ser lo mismo), tenido así por pícaro de antemano. A partir de ahí, empieza a pagar la empresa. Por ejemplo, diseñar e implantar un plan de prevención y contingencia específico para encarar esta nueva crisis dentro de la crisis se valora en  unos 90.000 euros de media. Como pueden imaginarse, tal precio está recabado de las propias consultoras que venden oportunamente este servicio. Aun así, dichos planes no incluyen varita mágica alguna: campañas informativas, distribución de mascarillas, desinfectantes especiales, control de visitantes a las instalaciones de la empresa, la puerta abierta al teletrabajo... A partir de ahí, los gastos y quebrantos para las empresas no son presupuestables. Se desconocen. Sin embargo, plantearse varios posibles escenarios –perdonen la expresión– es ineludible para afrontar el otoño y el invierno. Puede que la carga de trabajo no pueda ser realizada, y eso no sólo afecta a la bendita productividad por producto o por empleado, sino a la calidad final del producto o servicio. La gripe común, que  nos parece tan inofensiva ahora, causa más de la mitad de las bajas totales del país, aparte de unos tres mil muertos al año. Y este asunto no funciona como lo del cangrejo americano, que expulsa al autóctono de los ríos: las dos gripes van a convivir.

En el septiembre entrante, quizá nos empecemos a comportar como nórdicos, y ya no besaremos en las dos mejillas ni daremos la mano o un abrazo a nuestros amados compañeros de trabajo. En el fondo, un actitud de lo más europea. Merkel respirará aliviada cuando se encuentre con Sarkozy, tan cariñosón. Bromas aparte, roguemos que haya mucho alarmismo en todo esto.

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