por montera

Mariló Montero

La esperanza sigue latiendo

DICE el biólogo Stewart Brand que la ciencia es la única noticia. No sé si llegar a tanto, pero a ratos sí me parece que desde la ciencia provienen, al menos, las escasas buenas noticias de las que podemos disfrutar y con las que esperanzarnos. Déjeme que le hable de una de esas buenas nuevas. Del 23 al 25 de noviembre se batió una marca en España: la del número de trasplantes realizados; según confirma la Organización Nacional de Trasplantes, fueron 94 en apenas 72 horas.

Podría dedicar el resto de la columna a loar el buen hacer de esa rama de nuestro sistema sanitario, y aun faltarían palabras para hacer justicia a tanto esfuerzo y perfecta coordinación. Por eso, prefiero que usted y yo asistamos con el debido respeto al instante en el que se hace efectiva la donación.

La muerte de quien amamos nos deja un vacío; y cuanto más amamos, más grande es el trozo yermo que se nos queda en el alma. Duros, durísimos momentos son los de la despedida definitiva del ser querido. Difíciles de explicar aunque, desgraciadamente, nadie quedará exento de vivirlos. Pero entonces, cuando el tiempo parece plegarse y acuden las bandadas de recuerdos, cuando aún el cuerpo de la persona amada se enfría, hay quienes acceden a la donación. Aceptan la extracción voluntaria de esos preciosos órganos para que otros los aprovechen.

¿Cómo se asume, en medio de las lágrimas del adiós, que se done un órgano? ¿Qué nuevos latidos impulsará ese mismo corazón en otra vida? Hace unos minutos aún golpeaban un pecho querido, cercano, conocido, sobre el que quizá nosotros hemos derramado lágrimas, caricias, besos. Y ahora los cirujanos usarán sus artes para trasplantar ese motor, milagro de ingeniería, a otro pecho. ¿Consuela saber que otros latidos vendrán, y que la vida que a tu ser amado se le acaba de escapar anidará de algún modo en otro cuerpo? Quizá sí, puede que, en esa parte que queda baldía en nuestro interior cuando se nos muere alguien, agarre la semilla de la esperanza si sabes que la muerte no se lo ha llevado todo. Una parte de la vida de quien tanto queremos ha persistido. Las lágrimas serán de alegría en otra familia, que recibirá como una resurrección ese hígado, ese riñón, ese pulmón, esa vida.

Nuestro país sigue a la cabeza del mundo en donación de órganos. Caen las hojas del calendario y, a diferencia de las del otoño, traen cada día la amenaza de un apocalipsis. Pero hay en ese dato de las donaciones de los españoles una esperanza: la que surge de la propia sociedad, generosa como ninguna otra. Mientras hay vida, hay esperanza, dice el refrán. Pues aquí hay vidas que se acaban pero que lo hacen dando vida a otras. ¿Cabe mayor esperanza?

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