juzgado de guardia

jorge

Los fantasmas de Alaya

muñoz

UNA de las pocas cosas de interés que te enseñan en la Facultad de Periodismo es que el "yo" del periodista, los avatares del informador a la hora de conseguir la noticia, no son de interés para el lector. Pero siempre hay excepciones, como en cualquier ámbito de la vida. Y hoy es necesario contar el espectáculo bochornoso que protagonizó ayer la juez Mercedes Alaya al requisar el teléfono móvil de un periodista de La Razón que había osado poner a cargar su teléfono en un enchufe muy cerca de la puerta del despacho de su señoría, entre otras cosas porque quizás era una de las pocas tomas eléctricas que funcionaban en esa zona del viejo edificio de los juzgados. No hay nada más. Su señoría no debe buscar explicaciones surrealistas o sospechar de que el periodista pretendía grabar conversaciones privadas en su despacho.

La señal de alerta a la juez la dio una funcionaria, quien quizá en un exceso de celo profesional, comunicó más allá de las dos de la tarde a Alaya -que ya había terminado las declaraciones correspondientes a la jornada de ayer- la cercanía del teléfono móvil a la puerta de su despacho.

Nada más ser informada, la juez salió de su despacho, tomó el teléfono y el cargador, y se dirigió a los periodistas que aún quedaban en las inmediaciones de su juzgado -periodistas a los que ni siquiera saluda después de años cubriendo esta información y siguiendo la causa de los ERE-, para preguntar por el propietario del móvil. Alaya preguntó por qué se estaba cargando el móvil en aquel enchufe y al no convencerle las razonables explicaciones del periodista, bajó al puesto de guardia de seguridad del edificio y regresó acompañada de un agente de la Guardia Civil.

El guardia civil, que en todo momento se comportó con corrección y educación, pidió al informador que le acompañase hasta las dependencias del Juzgado de Guardia. En el ascensor, el periodista le preguntó: "¿Qué sucede? ¿Estoy detenido?", a lo que el agente le respondió que no, que únicamente había recibido la orden de la magistrada para revisar el teléfono móvil y comprobar que no se había realizado ninguna grabación procedente del despacho de su señoría. El guardia verificó que, como decía el periodista, el móvil estaba incluso apagado cuando lo cogió la instructora, porque estaba descargado completamente. Tras comprobar que no había ninguna grabación, se lo devolvió al periodista, que pudo abandonar entonces la sede judicial.

Más allá de la desagradable anécdota, el incidente de ayer viene a demostrar el nerviosismo de la instructora, que no deja de ver fantasmas por todas partes y que lleva un tiempo que parece estar obsesionada con las supuestas filtraciones informativas. De hecho, Alaya tiene abiertas unas diligencias previas tras la publicación de una información relacionada con la operación Madeja, y en otras ocasiones ha ordenado investigar la filtración de autos relacionados con sus investigaciones.

El incidente de ayer no es el primero con la prensa, a la que Alaya ha prohibido a veces permanecer en la misma planta de su juzgado cuando toma declaración, obligando a los periodistas a estar en el vestíbulo del edificio, dos plantas más abajo. Y a los abogados les prohíbe desde hace tiempo entrar con móviles y tabletas electrónicas en las declaraciones -quedan custodiadas por la Guardia Civil en una caja de cartón cutre- sin que el colegio haya dicho lo más mínimo.

Alaya ve enemigos por todas partes, cuando la prensa siempre fue un aliado. Siempre he reconocido y no me cansaré de destacar la inmensa labor de Alaya en la lucha contra la corrupción en Andalucía, pero ésta no es la primera vez que pone trabas a la labor informativa. Su señoría no debe olvidar que el derecho a la información también aparece en la misma Constitución que ella defiende cada día desde su juzgado. El desafortunado incidente demuestra, una vez más, que Alaya se equivoca de objetivo, probablemente por el cansancio ante la ingente tarea que realiza. Señoría, no busque enemigos donde no los hay, bastante tiene con los ya conocidos.

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