La ciudad y los días

Carlos Colón

Las flores de Chicote

LA Semana Santa es tan difícil de decirse como fácil de vivirse. Es difícil explicar con palabras qué se siente y por qué se siente; qué se vive y por qué se vive así; por qué se llora o por qué se ríe; qué son para nosotros las imágenes de nuestra devoción particular y qué son para todos las imágenes -Gran Poder, Esperanza, Cachorro- de general devoción; qué secretos de cariño, de generosidad, de emoción y de entrega guardan las hermandades y cofradías, las más de las veces con un pudor que las hace invisibles. Sin embargo, es facilísimo sentir, vivir, llorar, reír, rezar o emocionarse en estos siete días en los que no somos nosotros quienes vamos en busca de recuerdos, sino los recuerdos quienes nos aguardan año tras año ante la misma puerta, en la misma calle o en la misma esquina; no somos nosotros quienes salimos en busca de Dios, sino Dios quien se echa a las calles para buscarnos; no es nuestra memoria la que revive los rostros de quienes amamos y ya no están con nosotros, sino que son las sagradas imágenes que ellos amaron con un amor que atraviesa la frontera de la muerte las que nos dicen que viven ante Dios esos que nosotros creemos muertos.

Tan fácil de vivirse, decía, como difícil de explicarse. Por eso recurriré a las flores de Chicote para que me entiendan. Chicote era el más modesto de los servidores del Señor, un pícaro bueno más listo que las hambres que pasó y más inteligente que muchos que se tienen por doctos. Murió hace unos meses y la hermandad del Gran Poder lo despidió con los honores que corresponden a quienes custodian al Señor de las Bienaventuranzas. En la comida de hermandad se le rompió la voz a Enrique Esquivias al recordarlo y hubo muchas lágrimas sinceras entre quienes le oían. Chicote se ponía siempre bajo la rampa por la que es descendido el Señor para su besamanos, como si a la vez quisiera proteger al Gran Poder y sentir su protección, desdentado y canijo Nicodemo que cuidaba el descendimiento del Señor con el cariño de los santos varones de la Quinta Angustia. Nadie le veía, escondido como estaba bajo la rampa; salvo Él que por ella descendía.

El Viernes de Dolores pasado había un ramo de claveles rojos en el lugar que tantos años ocupó Chicote. Así son nuestras hermandades, así son los capillitas, así es nuestra Semana Santa y así es la devoción, el cariño y la emoción que la mantienen viva como algo más que arte, algo más que historia y mucho más que fiesta. Una suma de hermosos y emocionantes de talles visibles y, muchas veces, invisibles. La sacralidad del detalle mínimo, llamaba el poeta William Blake a estas cosas.

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