La tribuna

Rosa Gómez Torralbo

Dos fotografías

SI nuestras nietas ven dentro de 20 o 30 años la foto de Letizia Ortiz y Carla Bruni que ilustró casi todas las portadas de los periódicos españoles con motivo de la cumbre hispano-francesa de abril de 2009, se confundirán sobre la realidad española actual. Los titulares decían simplemente La princesa con la primera dama, pero las imágenes tenían un poder infinitamente mayor. Los significados de las palabras son siempre frágiles. Las imágenes están más acabadas, son más autónomas. Una vez percibidas, se instalan en nuestra mente y a veces, incluso pretenden suplantar nuestros recuerdos. Como contraste, podemos comparar la foto en cuestión con otra que estos días ha recibido el Premio Ortega y Gasset, la del rey Juan Carlos abrazando a Adolfo Suárez, también de espaldas.

Nosotras ya estábamos acostumbradas a convivir con una realidad fragmentada, que nos mandaba mensajes contradictorios, pero me duele pensar que con esa imagen puede llegar hasta nuestras nietas una interpretación distorsionada de esta época. Podrían creer, por ejemplo, que la paridad en política, era eso. Y ¡hasta ahí podíamos llegar!

En su foto, Letizia Ortiz y Carla Bruni adquieren identidad a través de su horma corporal: vestidos, zapatos, bolsos, colores, piernas, culos, cinturas... No era ya propio de estos tiempos semejante vigilancia y control sobre el cuerpo femenino, ni su utilización como escenario para el debate. Ni era requisito estar a dieta para acceder al espacio público. Ellas aparecen de espaldas, enajenadas de la cámara. Es el objetivo el que ve sin ser visto, y ése es el lugar desde el que se muestra la escena, el del fisgón. Todo el mundo parece cómplice a la hora de aceptar su silencio. Han sido aleccionadas con éxito para que no hablen sin autorización expresa, que no opinen, pero que se las ingenien para "saber estar". Puede que nuestras nietas piensen que se ejercía todavía en esta época mucha presión sobre las mujeres para ser embajadoras de la moda, por el mero hecho de tener presencia pública. Y eso lo que implicaba era la valoración de su cuerpo en la medida en que fuera la percha perfecta, capaz de darle el protagonismo al traje, sin imponerle ninguna redondez impertinente.

A pesar de lo que parece, el matrimonio no era ya para una mayoría de mujeres un fin, un destino, que las tiñera del cargo, rango y apellido que el hombre tuviera. Con esa imagen de la cumbre, se reactivaba el papel de esposas. Fue una suerte de aplauso a que las mujeres se esforzaran por hacer quedar bien a sus maridos, por entregarse a su vieja misión, la labor de iluminar para brillo y esplendor de ellos. Además, repitiendo comportamientos de épocas anteriores, se las puso a competir en belleza y estilo, en el sentido de gusto, elegancia, y buenos modales, claro. A pesar de lo que pueda representar, ese "ideal de la Mujer" se había conseguido ya romper en millones de mujeres diversas. Pero aquí se ofrece un soporte perfecto para el viejo imaginario de príncipes y princesas. Ellas, princesas designadas por sus príncipes, de los que quedan deudoras, y ellos, mandatarios elegidos por la ciudadanía, a la que representan y a la que se deben por encima de todo.

La otra foto evoca la concordia, lo mejor de nuestra vida política. Es una foto cargada de intención significante, en la que a través del refuerzo de la identidad de dos hombres se representa a todas las personas que surcaron el camino hacia la democracia, con negociaciones, afectos, lazos, puentes. Dos cuerpos de espaldas a los que, se les concede la representación de toda una generación e incluso de más de una. Una foto pactada, hecha desde el amor y el cuidado. Al coincidir ambas imágenes en el tiempo, alguien podría pensar que se seguía atribuyendo a los hombres la capacidad de representación de la sociedad en su conjunto, mientras que las mujeres tan sólo se representaban a sí mismas, en el mejor de los casos.

Pero en esta época se habían dado ya pasos importantes. Se está a punto de aprobar una reforma legislativa sobre la salud sexual y reproductiva, en la que se reconoce, por fin, la autonomía de las mujeres para decidir sobre su cuerpo y sobre su maternidad. Teníamos leyes de igualdad para llevar ese derecho a todas las relaciones sociales, a la economía o la política. La presencia de los hombres se había limitado a un sesenta por ciento como máximo, en todos los campos, sobre todo en los espacios de toma de decisiones. Y todo eso se tenía que aplicar también en los medios de comunicación social públicos y privados. Pero, aunque parezca mentira, los encargados de difundir la información aún no se habían enterado de que, además de llevar dos años al margen de la ley, esos criterios para seleccionar material gráfico ya no funcionaban.

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