Ojo de pez

pablo / bujalance

Y la fraternidad

CONSUMADA la Transición como reinicio en todos los órdenes, con el marcador puesto a cero, el primer objetivo era recuperar la libertad. Se trataba del bien más preciado y el que más se había echado de menos durante cuarenta años de dictadura. La cuestión pasaba, al principio, por que cada uno dijese, hiciese y se vistiese como le diera la gana, y no tardó en revelarse como tarea fundamental de la democracia la administración de los distintos espacios de las libertades (pues ya no era una, sino muchas) entre las particulares y las generales, las públicas y las privadas, las ilimitadas y las ofensivas. Pasado el tiempo, ha habido que aprender que la libertad no es un fin, sino un medio para alcanzar otras cimas, por más que a ciertos recalcitrantes anclados en credos dialécticos les cueste rendirse a la evidencia: sin esfuerzo, imaginación ni ganas de complicarse la vida, la libertad quedaría en nada. Después se reveló como conquista no menos necesaria la igualdad: la consignación del otro por el otro en cuanto a la titularidad de derechos, la anulación de cualquier privilegio que no viniese derivado del trabajo propio (lo otro es el chafardeo contra el que advirtió Nietzsche) y la aceptación de que las ideas del otro son dignas de tenerse en cuenta hasta el punto de que merece la pena, también, dar la cara por ellas.

Pero muy pocas veces, apenas ninguna, se ha puesto sobre la mesa la idea de la fraternidad. Y ya va siendo hora de divulgar la convicción de que el otro, de nuevo, no es un objeto que podemos utilizar a nuestro antojo, aunque permitamos su posición y sus discursos. No basta con dejarle ocupar su espacio: conviene dar el paso preciso para aceptar, de una vez, que el lugar del otro es el propio, y el propio el suyo. Que en la contienda política son muchos más los retos a superar en común que las miserias efímeras todavía vinculadas al poder, hasta cuando son éstas las protagonistas de los debates y las polémicas. No parece, sin embargo, un deber fácil: el éxito de los nacionalismos en España, con semejante apología de la insolidaridad y el racismo vertida desde el poder político en Cataluña (una cuestión para la que se ponen de acuerdo la izquierda más bocazas y la derecha burguesa más intolerante: menudo asco), demuestra que la libertad ha servido para poco, que la igualdad sólo se acepta por imperativo legal y que antes se ejecuta el suicidio presidencial que la definición del otro como uno mismo.

A no pocos les gusta presumir en este país de cainitas con tal de parecer honestos. La alternativa, claro, es la penita andaluza y el eterno complejo. Como para salir huyendo.

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