la tribuna

Óscar Eimil

Un gallego en la Moncloa

SE cumplen estos días, mal que bien, los primeros seis meses de Mariano Rajoy al frente del Gobierno de la nación, y aunque este pequeño aniversario, en una situación normal, no merecería mayor comentario, creo que, en esta ocasión, el semestre que hemos vivido peligrosamente y con una gran intensidad en lo político merece una cierta recapitulación, que intentaré hacer a continuación, no sin antes dejar constancia, desde el mismo principio, de mis simpatías personales por nuestro protagonista de hoy, no sólo por la identidad que compartimos en origen y formación -que también-, sino, sobre todo, porque creo que el presidente lo está haciendo razonablemente bien, dadas las circunstancias, y porque, ante el alud de críticas que recibe todos los días, por tierra, mar y aire, justo es que alguien rompa una lanza en su favor, aun a riesgo de que le rompan la cara por ello.

Con este objetivo, desde mi modesto punto de vista, y aun sabiendo que ya ha pasado el tiempo político de pedir responsabilidades por los numerosos errores cometidos por los anteriores gobernantes, es de justicia comenzar diciendo que difícilmente podría haber sido más complicada la situación heredada por un responsable político de su antecesor en el cargo, si bien es cierto que nuestra sociedad no está siendo sacudida todavía por más violencia que la que utilizan pequeños grupos de ciudadanos que pretenden que sus legítimos derechos sean de mejor condición que los legítimos derechos de todos los demás.

También lo es reconocer que, a pesar de todo lo que estamos viviendo, conserva el inquilino de la Moncloa un notable apoyo popular, que se aproxima al 40% del cuerpo electoral según las últimas encuestas, lo cual debe ser apreciado como un relativo éxito político.

Y la clave de este éxito radica, a mi juicio, en que Rajoy ha comprendido la esencia del mensaje que le está enviando todos los días una parte sustancial de la sociedad, la que está cargando con la parte del león del sostenimiento del Estado, y que no es otro que el convencimiento de la insostenibilidad en el tiempo del modelo social, político y territorial que hemos construido en los últimos años, y de la necesidad de que el mismo evolucione, rápidamente pero sin rupturas, a otro más realista que podamos mantener.

Y en eso está Rajoy, comenzando a recorrer un camino de reformas que debe concluir con una total transformación del sistema de obtención de los ingresos que el Estado necesita para el cumplimiento de sus fines, de la estructura del gasto que, con ese mismo objetivo, debe realizar y de nuestro sistema político-territorial.

Desde la primera perspectiva sabe, como muchos de nosotros, que la situación impositiva de España es insostenible. No es admisible que en un país como el nuestro sólo unos pocos contribuyan al sostenimiento del aparato del Estado con unos impuestos abusivos que pagan porque otros muchos dejan de pagarlos, ante la general permisividad. Por eso debe valorarse en sus justos términos el proyecto de Ley de lucha contra el fraude fiscal que ha aprobado el Gobierno la semana pasada como el primer paso del mayor esfuerzo que se haya hecho en democracia para ampliar la base fiscal del Estado, algo que necesitamos como el comer, al igual que la regularización de todo el numerario irregular que se generó en los años de la burbuja y que ahora debe aflorar.

Desde la segunda perspectiva sabe, como muchos de nosotros, que la política del gratis total en la prestación de los servicios públicos es también, además de ineficiente, totalmente insostenible: ineficiente porque es de sentido común que lo que no cuesta se derrocha, e insostenible porque no generamos los recursos suficientes para que el Estado lo pague todo, siempre y para todos. Por eso debe valorarse, también en sus justos términos, el esfuerzo -plasmado en varios proyectos legislativos- que se está realizando, por un lado para que una parte del coste de los servicios públicos sea satisfecho por aquellos usuarios que puedan pagarlos, y por otro para que los tradicionales privilegios de unos pocos no sean pagados, como siempre, por todos.

Desde la tercera perspectiva sabe, como muchos de nosotros, que no podemos permitirnos el desorden que representa la estructura político-administrativa que tenemos ni su configuración territorial actual, por lo que se apresta, en estos momentos, a su profunda transformación.

Hace unos meses les decía, a propósito de Rajoy, que "vistos los resultados obtenidos con los líderes carismáticos y visionarios, le ha llegado ya a nuestro país la hora de la inteligencia, la responsabilidad, la preparación, la tenacidad, la perseverancia, la experiencia, la sensatez y la determinación."

Transcurrido el primer semestre de desempeño de la nueva Administración, y a pesar de algunos errores cometidos, no creo, salvo mejor criterio, que aquello que les contaba, allá por enero de 2011, fuera muy descaminado.

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