Por montera

mariló / montero

La galleta

COGIÓ con la pinza formada por tres dedos de su mano derecha -el índice, el anular y el gordo- una de las redondas galletas que permanecían acostadas en el platillo de la bandeja del desayuno. Con esa lentitud a la que se desperezan los movimientos dormidos durante más de diez horas debido al placentero sueño de la adolescencia, dibujó con su brazo un breve semicírculo hasta llevar la mano cargada al vaso de leche caliente. Introdujo la galleta en la cálida piscina del tazón mientras ésta se abría y perfilaba en su comisura las formas del relieve de la firma del dulce, empapando cada fibra durante la inmersión. Jugaba con ella en una delicada suerte, ascendiendo y descendiendo la redonda pasta, con el cálculo experimentado de no dejar que el exceso de leche guillotinara su mitad y se hundiera en el fondo del vaso. Su vasta experiencia quería evitar, inconscientemente, que en el fondo del tazón se creara un fango de pasta dulce cuya única huella es el desgraciado recuerdo de que un mal calculo de tiempo ha frustrado la mordida.

Triunfó con la medida del tiempo de remojo cuando la sacó del baño para llevársela hasta la boca. Labios que sólo habían balbuceado las primeras palabras matinales con las que había pedido desde la cama, justo, el desayuno. Con delicadeza mordió la mitad del cuerpo húmedo de la galleta cuyo bocado selló con sus labios carnosos. Allí, en su interior, se hizo una amalgama de sabores y fiestas gástricas definibles sólo por el alma soñolienta que recibe alimento tras el gran cruce del desierto nocturno. El dulce se esparció por su boca, el calor de la leche ascendió hasta las sienes que calentaron las paredes interiores del oído. Y expelió el placer por la nariz llenado su mente del primer masaje cerebral de la mañana.

La cálida masa pasó el túnel del placer sonando la campanilla que la empujó al precipicio ajustado del canal que baja hasta el estómago donde en el fondo se formó la primera cama cálida, cual inicial edredón del estómago. Abrió más los ojos y volvió a repetir la misma acción con la otra mitad de la galleta partida. Y volvió a guardarla en el armario de su boca como la puerta del almacén donde se conservan los placeres que nos despiertan a la amanecida recurrente de la vida. Una, dos, tres… galletas hubieron en el platillo ya vacío. En el fondo del estómago el colchón de la masa dulce. Sorbió entero el café caliente que barrió del canal todas las sabrosas esencias. Quedaron varias virutas de la galleta desbrozada sobre la bandeja y la expiración del placer matinal que otorga un desayuno con galletas.

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