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Rafael Padilla

La gran política

PORQUE el acontecimiento me parecía de singular importancia, el pasado martes no quise perderme la sesión del Parlamento Vasco en la que el socialista Patxi López acabó siendo elegido nuevo lehendakari. Y miren que no me resultó fácil. Sólo gracias al milagro del satélite y a la obligada retransmisión de la ETB (para las demás emisoras, bastantes públicas, el hecho no alcanzó el rango de lo "televisable"), puedo hoy ofrecerles mi impresión directa de lo que algunos -yo entre ellos- consideran un día histórico.

Ése es, por supuesto, el calificativo con el que mejor adjetivar el instante exacto en que terminaron treinta años de un gobierno peneuvista responsable de demasiados errores. Su empeño en dividir a la sociedad vasca en dos mitades casi irreconciliables, su tibieza calculada frente al terrorismo etarra, la inmoralidad de la equidistancia fullera que ha querido establecer entre víctimas y verdugos, su desprecio enfermizo de los derechos individuales, el inicio de una deriva soberanista desleal para con las reglas básicas de nuestra democracia, su concepción ridículamente patrimonialista, al cabo, de un poder que únicamente admitía y admite legítimo cuando suyo, no merecían otro final.

Frente a tan peligroso desvarío, el pacto entre el PSOE y el PP se alza como ejemplo de la gran política, aquélla que se muestra sensible a los intereses del conjunto de los ciudadanos, que no excluye a nadie y a todos convoca para la construcción de una realidad nueva, apasionadamente libre, sinceramente plural, negadora de cualquier discriminación. En esa línea, esperanzada y generosa, deben ser interpretados los discursos de López y de Basagoiti, plagados de prudencia y de sentido común, dos valores francamente inusuales en el País Vasco de los últimos lustros.

No supo Ibarretxe, por contra, redactar un epílogo digno a su aventura política. Encerrado en su mundo irreal, ultraortodoxo y unidimensional, sus protestas sobre un supuesto despojo sonaron a rabieta de mal perdedor, a amenaza, incluso, de quien no oculta su voluntad de poner cuantos resortes le quedan -que son muchos- al servicio del fracaso del ilusionante proyecto que ahora comienza. Su "pequeña" política, cicatera, aldeana y miope, esclarece la verdadera calidad moral de un pensamiento tan anacrónico como asfixiante.

Uno tiene que felicitarse porque, al menos esta vez, triunfó la coherencia y el bien común prevaleció sobre las mezquindades habituales. Tal vez sea el primer paso al que sigan otros. Nuestra indescriptible situación económica, el laberinto de la vertebración del Estado o la existencia de problemas gravísimos e inaplazables (la justicia, la educación) enseñan parcelas donde aplicar el mismo diagnóstico y la misma terapia. Pero de esto y de su solución razonable, para mí obvia, desgraciadamente -los ataques de cordura son aún raros entre nuestros políticos- ya no estoy tan seguro.

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