La Sevilla del guiri

Dos guiris por uno

ES un problema para un articulista como yo, cuya inspiración es lo llamativamente propio de Sevilla, que lo que era chocante para un recién llegado, ahora lo pase por alto. La visita de mi hermano ha sido un aviso. Ver sus reacciones mientras me acompañaba en mí día a día me devolvió mis ojos de asombro.

Veamos cuánto jugo puedo exprimir de su visita. Hoy me limito sólo a darle a conocer. Ya os contaré el fin de semana que pasamos con él en Aracena, su forma ingeniosa de superar el jet lag, el belén de casi 400 euros que compró por su flamante novia napolitana a la que había visto en persona sólo dos veces, y la noche en la que dos amigos, Javier y Arancha, nos llevaron a tapear, causando la avería del aparato digestivo de mi hermano. Pero me adelanto a los acontecimientos.

Cuando mi hermano está totalmente desplegado, es alto con andares lánguidos y silenciosos. Su cabeza es pequeña, la coronilla plana, los ojos resaltan por sus gafas, y la cara angulosa se afila bruscamente en la barbilla. Cuando está sentado ante su ordenador, estático, sus extremidades encogidas debajo de la mandíbula, me recuerda una mantis religiosa. Se dice que este insecto es muy raro en España, y que los machos se someten al canibalismo sexual. Da la casualidad que estos dos detalles se aplican en él.

Si las mujeres mayores de mi barrio se paran a mirarme fijamente y recelosamente, un hombre innegablemente guiri llevando a dos niños pequeños a la calle por la mañana para hacer recados, podéis imaginar las reacciones de estas mismas mujeres al ver esta película con el reparto ampliado por un guiri varón aún más llamativo. Si antes se preguntaban, ¿dónde está la madre?, supongo que, al verme acompañado por este individuo, se habrán hecho preguntas más morbosas.

Sus presunciones no estarían tan lejos de la verdad. Durante cinco años, convivir con mi hermano era la única manera de permitirme el alquiler astronómico de Nueva York. Él trabajaba en Wall Street 60-70 horas a la semana, yo a tiempo parcial impartiendo clases en la universidad. A cambio de que él pagara todo el alquiler, yo hacía los quehaceres domésticos. Acabábamos funcionando con la eficacia de un buen matrimonio. Supongo que, cuando nos reunimos ahora, seguimos proyectando la química de una pareja qua va sobre ruedas. Claro que saltan las alarmas de las marías del barrio.

Mi mujer estaba encantada de tener a mi hermano en casa. Yo, para poder ser buen anfitrión y para impresionar a mi hermano mayor en lo apañado que soy como marido y padre, dejé de trabajar durante su estancia. Mientras yo no paraba en su presencia, mi mujer no se movía del sofá, la viva imagen de Cleopatra repantigada sobre una cama turca. ¡Qué bien sabe disfrutar de los momentos de relax que surgen gracias a las manías de su marido! El booby prize (premio otorgado al último o al peor) de darme de mártir fue poder regodearme de que mi hijo mayor, al oír a su madre hablar inglés con su tío, se echara a reír. Mi hijo llamó a mi hermano, lógicamente, uncle Joe (tito José), y en español, siguiendo el ejemplo de mi mujer, tito uncle Joe (tito tito José).

Mi segundo hijo tiene un genio que a veces agota los recursos de sus padres. Pues, su tito introdujo una medida más a la lucha: el canto. Creo que la letra era la clave: "¿Qué es la problema? (palabras textuales) ¡No hay problema!". Esto le cantaba una y otra vez, siempre desafinando, con un acento mexicano que presumía que era español. Mi mujer y yo no le corregíamos ni la gramática ni el acento ni el tono, temiendo que el hechizo se rompiera.

Nos ayudó mucho a cuidar a los niños. Una tarde llegó a casa después de haber llevado a mi hijo a la zona infantil de al lado. "Tough crowd out there", me dijo. Esa frase ("El público es duro allí fuera") era propia de mi padre que, para no sobrecargar a su familia con lo negativo, solía hablar como si todo lo pesado y duro de la vida fuera parte de una divertida función en la que él tenía la gran suerte de tomar protagonismo. Resulta que una mocosa del barrio había querido monopolizar los dos columpios sólo para ella. Mi hermano se impuso, logrando elaborar una frase completa en castellano: "¡No necesitas dos!". A pesar de, o quizás por, la lógica irrefutable de su argumento, la cría montó en cólera, desatando una verborrea de críticas cada vez más enérgicas mientras la madre estaba (o fingía estar) entregada completamente a su conversación telefónica.

-¿Qué hiciste?- le dije.

-Repetí: "No comprendo", en una voz cada vez más alta.

-Has dado con la expresión más útil que existe para un guiri, -le dije-. Es la salida que nunca falla. ¿Qué pasó?

-Siguió hasta que se agotaron todas sus reservas de insultos. Después se marchó echando pestes. Nunca he visto nada parecido en una niña.

-Bienvenido a Tres Barrios -le dije-.

La visita de mi hermano me ayudó incluso a dormir mejor. Aunque nuestro piso es un cuchitril, hicimos que se alojara con nosotros para poder disfrutar todo lo posible de su visita. Él dormía en una habitación, y el resto apiñados en la otra. Me dejé llevar por la circunstancias, y eso dio su fruto. No sabía, por ejemplo, el don especial que tiene mi mujer para contar un cuento. Mi hijo siempre pedía el mismo, el del "murciélago bebé". Empezaba así: "Muy lejos, muy lejos, muy lejos, en una montaña muy alta, muy alta, muy alta, dentro de una cueva muy oscura, muy oscura, muy oscura, vivía un murcielaguito muy chiquinino, muy chiquinino, muy chiquinino...". Así arrancaba mis dulces sueños, mientras me acechaban nuevas aventuras.

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