La ciudad y los días

Carlos Colón

No hay justicia sin memoria

CUÁNTOS años hace que mataron a tu hermano? Me lo preguntan por la calle. Doce, respondo. Pero no años, sino días, horas y hasta minutos, porque si cierro los ojos puedo ver a Alberto y Ascen caminando por esta calle, entre risas, volviendo a casa para darles un beso a sus hijos… Porque la memoria es más fuerte que todas las pistolas de ETA. Porque mientras cada uno de nosotros recuerde y cuente este crimen ETA será derrotada… No voy a olvidar, no quiero olvidar. No hay justicia sin memoria… Porque si nadie estuviera aquí hoy, si existen otros 30 de enero sin que nadie venga a recordar a este lugar, esta placa no tendría sentido. Y tampoco tendría valor si sus asesinos salen de la cárcel y se olvidan sus horrendos crímenes". Lo dijo Teresa Jiménez Becerril en el acto en memoria de su hermano y su cuñada que cada año se celebra en el lugar en que fueron asesinados. Lo leo en la crónica ejemplar -sentida, medida, sobria- que escribió ayer el compañero Fernando Pérez Ávila, titulándola de forma exacta y contundente "El triunfo de la memoria".

El triunfo de la memoria es el triunfo de la justicia. El triunfo del olvido es el triunfo de los verdugos. Memoria no sólo quiere decir recordar sentimentalmente, sino justicieramente; no sólo quiere decir evocar a quienes fueron asesinados, sino a quiénes y por qué causa los asesinaron; no sólo quiere decir que sus muertes no fueron en vano, sino que tampoco quedarán impunes. El triunfo de la memoria supone un compromiso activo para que no se sacrifique la justicia tomando en vano el nombre de la paz o la reconciliación. Porque sin justicia la paz es rendición, luego triunfo final de los verdugos, y la reconciliación es vergonzosa componenda, luego humillación final de las víctimas. Por eso -como bien dijo Teresa Jiménez Becerril- no hay justicia sin memoria.

¿Y el perdón cristiano?, puede que se pregunte alguien. Dios es perdón, sí; pero también justicia y memoria. Así lo invocan los salmos: "Dice el malvado con insolencia: No hay Dios que me pida cuentas y cae con violencia sobre el indefenso… Dios de la venganza, Señor, resplandece. Levántate, juzga la tierra… ¿Hasta cuándo, Señor, triunfarán los culpables?". Así lo ha dicho Benedicto XVI: "Existe la justicia y existe la culpa verdadera. Al final los malvados, en el banquete eterno, no se sentarán indistintamente a la mesa junto a las víctimas, como si no hubiera pasado nada". Así lo escribió Max Horkheimer en Anhelo de justicia: en Dios reside "la esperanza de que la injusticia que atraviesa este mundo no sea lo último, que el verdugo no tenga la última palabra".

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