La ciudad y los días

carlos / colón

La lluvia en Sevilla

LA lluvia en Sevilla no es una pura maravilla. Lo desmienten nuestros ánimos decaídos tras sufrir el marzo más lluvioso de la historia y estar sufriendo un plomizo y mojado arranque de abril sólo alumbrado por destellos de un sol travieso. Lo siento, profesor Higgins; aunque ya sé que no es culpa de usted, que en la versión original el ejercicio de pronunciación con el que torturaba a Eliza Doolittle era The rain in Spain falls mainly in the plain y que era la espléndida voz del gran doblador Felipe Peña la que nos decía en el cine Llorens aquello de que la lluvia en Sevilla era una pura maravilla.

Pues mire usted, señor traductor de las letras de las canciones de aquella gran y hermosa película, de maravilla nada. La lluvia en Sevilla es un horror. Que no sólo estropea la Semana Santa y arruina a quienes se dejan los dineros pagando las tasas para poner chiringuitos o cacharritos en la feria, sino que nos entristece. Y esto es lo peor. La lluvia es hermosa en Londres, porque forma parte de su paisaje. Pero lo nuestro es el sol. Por eso somos más alegres, en el mejor sentido de la palabra, que los nórdicos o los anglosajones. Albert Camus, sabio en soles por ser oriundo de Argelia, dijo que el sol borra las preguntas. Y nuestro Cansinos Assens escribió que en el Sur su alma no se habría cubierto de nieblas de congoja.

Que el existencialismo sea de origen nórdico, que Kierkegaard sea danés o que Caspar David Friedrich -el que pintó el cuadro más anti macareno de la historia: El hundimiento del Esperanza- fuera alemán y Munch noruego no son casualidades. Ni ellos podrían haber nacido aquí, ni Falla, Turina o Lorca podrían haberlo hecho en el norte lluvioso y brumoso de días breves y noches largas. Un poquito de lluvia alegra, limpia la atmósfera e invita a un gustoso recogimiento. Pero si los días grises y lluviosos duran más de lo debido el ánimo se viene abajo, el recogimiento se convierte en reclusión y las ansias de sol nos poseen.

Recuerdo los tristes inviernos romanos de días cortos y semanas enteras de llovizna. Y cómo esa ciudad bifronte parecía resucitar y convertirse en otra cuando estallaba su espléndida primavera, la escalinata de la Plaza de España se llenaba de flores y, conforme avanzaba hacia su fantásticamente cálido verano, las terrazas se llenaban hasta la madrugada y el Trastevere parecía Triana. Urge que el sol nos rescate de grises. Ya.

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