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Rafael Padilla

La madre que los parió

ESTO de convertirse en un buen catalán cada día se va pareciendo más a un concurso de majaderos, en el que puntúa y hace méritos quien vomita la patochada que consiga zaherir mejor al conjunto de los españoles. La última procede de una personalidad aparentemente respetable. Fue Joan Oliver, director de TV3 y hoy al frente de la Fundació Catalunya Oberta, una institución en la órbita del nacionalismo moderado que reúne nombres prestigiosos. Pues bien, al intrépido de Joan, en un alarde de finura intelectual, no le ha frenado ningún pudor a la hora de manifestar, en la emisora Rac 1, lo que sigue: "Todos los españoles, por el simple hecho de serlo, son chorizos, en mi opinión". Aun así, como su ingeniosa tesis exigía un ejemplo y no era cuestión de perder comba en el pimpampum organizado contra Manuel Pizarro, se atrevió a concluir: "A mí me parece fantástico que nos burlemos, que nos riamos, que machaquemos a Pizarro y a la aragonesa que se juntó con el aragonés para dar origen al señor Pizarro, me parece fantástico, cojonudo".

De entrada, a uno le empieza a preocupar la obsesión freudiana de estos patriotas ultramodernos por la figura de la madre. Hagan memoria, si no, del excremento depositado por Iu Forn, en relación con los militares, en las páginas del Avui: "Recuerden -les advertía- que la ordenanza de civismo de Barcelona prohíbe la práctica de la prostitución [ý]. Por tanto, mejor que vengan sin sus madres". O el insulto culminante de Rubianes, el gallego de la barretina, en su antológica intervención en TV3: "Que se vaya a la mierda la puta España". Demasiada evocación de los prostíbulos y demasiada fijación en las honras maternas como para no presumir que late, en los bajos de tal ortodoxia, un tortuoso conflicto de identidad, un oscuro problema enquistado que deberían hacerse mirar.

Añadan que continúa asombrándome la estrategia de marketing de una tierra -no se engañen, hablan pocos pero votan todos- que pretende vendernos el género a golpe de ofensa, acordándose a diario de nuestros muertos y sintiéndose, al tiempo, profundamente herida y acosada si, hartitos como estamos, decidimos que para cava, el extremeño, y para paño, el inglés.

Me asquea, además, el cinismo con el que nos acusan de fomentar la crispación -un reproche, por otra parte, habitual contra los catalanes no nacionalistas- estos maestros de la insidia y del ultraje desinhibido, irreprimido y soez.

Y me cansa, al cabo me cansa, la chulería de tantos niñatos malcriados, de tantos hijos del aburrimiento, de la ensoñación y del bienestar, que olvidan y menosprecian el inmenso y doloroso sacrificio -en Andalucía sabemos mucho de eso- de la verdadera madre que los parió.

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