Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

A mandar

FUE un invento de su tiempo que estaba pensado para el futuro, para una sociedad abatida, con los pies por delante, en el sofá, contemplando lo que pasa en la calle a través de la ventana de la tele. Hace unos días falleció Eugene Polley, considerado el inventor del primer mando a distancia televisivo, una mejora que vino a cambiar, a revolucionar, la relación entre el espectador y el aparato, entre consumidor y canal.

Ya en los años 50 en Estados Unidos se trabajaba en un complemento que facilitara a los hijos de su posguerra de esplendor elegir las ofertas de la pantalla y quedarse con el culo pegado al cojín. En España hasta que no se popularizó el UHF, a mediados de los 70, cambiar de botón era innecesario y tener varios canales era una utopía de extranjeros. El desarrollo político y económico nos fue trayendo más surtido, ahora que parece que algunos canales nos sobran por su presupuesto, ante un televisor rebosante de números y al que se le ha conectado un amigo infinito llamado internet.

Sí, fuera pamplinas. El mando a distancia del televisor es uno de los grandes inventos del siglo XX porque su posesión otorga al dueño una libertad íntima y doméstica: decidir con qué entretenerse e informarse y por cuánto tiempo con el mínimo esfuerzo de la simple presión de un pulgar. Y con el confort llegó la fatiga del zapping, un descubrimiento que en España sólo se practica desde hace veinte años.

El mando del que manda en casa se ideó para esquivar los anuncios, un desafío que sigue presente para programadores y anunciantes, pero que en realidad sirve para que la gente haga lo que le da gana, que es lo que nos gusta hacer en cuanto nos calzamos las zapatillas, libres de recomendaciones, miradas y miramientos. El cacharro se pensó para la comodidad. Y para la libertad de elección. Libres para el on. Y el off.

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