La esquina

La mano dura

DESPUÉS de cuarenta años haciendo el recuento trágico de las muertes en las carreteras españolas, hemos retrocedido hasta quedar por debajo de las tres mil. Sigue siendo una tragedia -exactamente 2.741 tragedias, individuales y familiares-, pero la cifra nos ha retrotraído hasta 1968.

En este caso, el retroceso es progreso: sufrimos un nivel de víctimas mortales de la siniestralidad vial semejante al que registró España en ese 68 tan mítico para sus defensores como para sus detractores. La diferencia es que entonces circulaban por calles y carreteras cuatro millones de vehículos de motor, y ahora circulan veintiocho. Si la seguridad fuese la misma que entonces, en el año que acaba "deberíamos" haber consignado en las estadísticas dieciocho mil muertos. Insoportable, a todas luces.

Hemos mejorado, pues, y mucho, en materia de seguridad en el tráfico. En realidad, la sociedad española no empezó a tomar conciencia de la gravedad de este problema hasta que la cifra de víctimas mortales en accidentes no se acercó a las seis mil. Sin embargo, una reducción sostenida de la siniestralidad no se consolidó hasta que las autoridades no se decidieron a complementar la persuasión con la represión. Es triste, pero cierto. Hubo campañas de Tráfico para todos los gustos, tremendistas y edulcoradas, racionales y emotivas, positivas e intimidantes, pero ninguna logró la finalidad perseguida. Nunca tuvieron más que éxitos parciales, esporádicos, como si la toma de conciencia de los ciudadanos durara lo que el primer impacto publicitario.

Cuando la situación ha cambiado de verdad ha sido cuando a la sensibilización social inducida se ha unido la mano dura de las leyes y los guardias. Ha sido la entrada en vigor del carné por puntos -y la evidencia de que iba completamente en serio- la que ha marcado un antes y un después en la pelea por una conducción más segura. Más de ochocientos mil ciudadanos han sufrido el rigor -justificado- de esta norma por conducir de forma temeraria, negligente o bajo los efectos de alguna droga, legal o no. La reforma del Código Penal, vigente desde hace un mes, ha añadido una mayor carga represiva a la respuesta pública contra determinadas conductas, hasta ahora tratadas con increíble lenidad.

Todo ello está produciendo cambios asombrosos en los hábitos de ocio de los ciudadanos (celebraciones de bodas y bautizos, salidas a la movida nocturna, botellones), pero lo fundamental es que ha cambiado la percepción de muchos sobre la responsabilidad de ponerse al volante de una máquina con capacidad letal. Y lo ha hecho por miedo a los puntos del carné y al Código Penal, no por los anuncios que narran desgracias que creemos, estúpidamente, que les pasan siempre a los otros.

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