LA Encuesta de Población Activa correspondiente al segundo trimestre de este año constituye una de las mejores noticias que ha recibido la sociedad española en los últimos años. Según la EPA, en el periodo comprendido entre abril y junio la tasa de paro nacional bajó al 22,3%, un dato excepcionalmente positivo que significa, en términos absolutos, un descenso de 295.000 en el número de parados y una creación de puestos de trabajo por encima de los 411.000. Todavía superan los cinco millones de desempleados los que están registrados como demandantes o declaran estar parados, pero las cifras mencionadas son desconocidas desde los años anteriores a la crisis y profundizan una tendencia ya apuntada en los informes de la EPA relativos a los últimos trimestres. La caída del paro ha afectado a todos los sectores productivos y a todas las comunidades autónomas, con excepción de Asturias, siendo Andalucía la que más desempleo eliminó, cuantitativamente, si bien continúa como farolillo rojo del empleo en España (solamente se sitúa por debajo Melilla). Aunque no es momento para echar las campanas al vuelo, sino de tener en cuenta que partimos de unos niveles de paro agobiantes y que el empleo generado es en buena medida temporal y precario, lo cierto es que la tendencia parece definitivamente invertida y que en los próximos meses, descontando los efectos de la estacionalidad propia del verano, probablemente se consolide el repunte económico y España refuerce la senda del crecimiento si la coyuntura internacional continúa siendo propicia. Aparte de la inyección de ánimo, que tanto influye en las decisiones económicas, lo mismo individuales que colectivas, es significativo políticamente que esta inflexión que estamos viviendo se produzca precisamente en vísperas de unas elecciones generales en las que el Gobierno Rajoy se juega su permanencia en la Moncloa o su derrota en las urnas. Precisamente el presidente ha enfocado su mandato en una dirección inequívocamente centrada en la mejora de la economía y su corolario básico, que no es otro que la superación de los niveles de paro y su consiguiente influencia en la desigualdad y la precariedad social. Desde su llegada al poder, Mariano Rajoy ha acometido una ardua tarea de saneamiento de las cuentas públicas, austeridad y recortes, con toda la impopularidad que eso conlleva, y siempre ha repetido que se trataba de imponer sacrificios imprescindibles para sacar la economía nacional del hoyo y el riesgo de quiebra. Ahora puede presumir de que ya tiene tasas de paro ligeramente inferiores a diciembre de 2011, cuando tomó posesión del cargo para el que fue elegido.

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