EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Los mitos bíblicos

HACE muchos años, en el restaurante El Dorado de Tánger, Mohamed Choukri me preguntó en su perfecto castellano si había leído El Corán. "¿No lo has leído? Pues deberías leerlo. No sabes lo que te pierdes. Hay muchas páginas que son pura poesía". Choukri era un escritor que alardeaba de no ser creyente. Frecuentaba bares de borrachos, escribía sobre putas y sobre golfos callejeros (la censura marroquí había prohibido todos sus libros), y hacía una vida que casi nadie más hacía en Tánger: no estaba casado, vivía solo en un ático y siempre decía lo que pensaba. En sus últimos años estaba amenazado de muerte por los islamistas radicales, pero a él le daba igual. A todo el mundo le decía dónde podían encontrarlo: en el bar del modesto hotel Ritz, sentado frente a una botella de vino, o de whisky, o de vodka, o de coñac. O de las cuatro cosas a la vez.

Pienso en Choukri y en su recomendación de leer El Corán cuando oigo hablar de la retirada de los crucifijos de las escuelas públicas. En un estado aconfesional es justo quitarlos, pero el problema no es éste, sino qué puede sustituirlos. Porque algo tiene que ocupar su lugar, y hoy por hoy no hay nada que lo haga, a no ser los futbolistas con tatuajes en el culo o las chicas con las tetas siliconadas. Los ideales de la Ilustración -no nos engañemos- desaparecieron hace tiempo. Y lo que nos queda es una especie de jarabe empalagoso que mezcla la sonrisa coloreada de un payaso con el mensaje vacuo de una ONG: "multiculturalidad", "solidaridad", cosas así. ¿Es suficiente? No lo creo.

Ni las letras de Leonard Cohen ni las de Nick Cave pueden entenderse si uno no tiene unas mínimas nociones de tradición cristiana. Y lo mismo pasa con casi toda la cultura occidental. ¿Hay algo que pueda contar mejor nuestra vida que los mitos bíblicos? La voz tronante de Jehová preguntándole a Caín dónde estaba su hermano, los lamentos de Job frente a su casa destruida, las súplicas de Abraham pidiendo un aplazamiento de la condena de su hijo o las voces confusas que salían de la Torre de Babel: todo eso lo recuerdo aún por las noches, cuando no puedo dormir. Sé que esas historias pueden explicarme mi vida mucho mejor que un manual de psicología. Son destilados de la experiencia humana, y han alcanzado un punto de sedimentación en nuestro subconsciente que las hace indestructibles.

Mis hijos tienen una Biblia y a veces leemos algunos capítulos. Y a veces, cuando los leo, pienso en Mohamed Choukri, el blasfemo que me recomendaba leer El Corán frente a una gran copa de coñac, mientras se rascaba la frente justo en el lugar donde tenía una cicatriz -no sé si de una pedrada o de un cuchillo-, y se quedaba pensando, abstraído en no sé qué, igual que un patriarca bíblico.

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